En un aula del sur de Quito, un pequeño dispensador automático de golosinas emite un sonido metálico y, tras unos segundos, libera una pastilla de chocolate. La escena parece simple, pero para Milena Sandoval, de 17 años, representa días completos de ensayos, fallos, cables reconectados y líneas de código reescritas. Su proyecto logró “hablar” con una aplicación móvil desarrollada junto a una compañera, y ese momento —el clic exacto donde todo funcionó— marcó un antes y un después en la manera en que entiende la tecnología.
Milena forma parte de los 664 estudiantes que, en horario extracurricular, participan en los clubes de robótica implementados por el Ministerio de Educación en 26 colegios públicos del país. Estos espacios, presentes ya en nueve provincias, han dado origen a una comunidad creciente de jóvenes que se acercan a la tecnología no solo como usuarios, sino como constructores, programadores e inventores.
En estos talleres, los alumnos trabajan con sensores, placas electrónicas, impresoras 3D y plataformas de programación visual o textual. El ambiente se aleja de la estructura rígida del aula tradicional: aquí se permite fallar, probar, reconstruir y volver a intentar. El aprendizaje se mide en curiosidad, perseverancia y creatividad.
El programa forma parte del piloto “Eugenia y la Robótica”, que busca reducir las brechas tecnológicas en el sistema educativo ecuatoriano. El país enfrenta un doble desafío: garantizar acceso equitativo a herramientas digitales y preparar a sus estudiantes para un mercado laboral donde las habilidades STEAM (ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas) ya no son una ventaja, sino una necesidad.
Docentes capacitados guían a los clubes, pero son los estudiantes quienes lideran los proyectos. Algunos diseñan robots que siguen líneas o esquivan obstáculos; otros programan aplicaciones, crean prototipos para uso escolar o experimentan con inteligencia artificial básica. En varias instituciones, los clubes se han convertido en un punto de encuentro integrados: estudiantes de diferentes cursos colaboran para resolver problemas prácticos de su entorno.
En Quito, Marelyn Pila, Said Beltrán, Milena Sandoval e Iván Holguín recuerdan cómo, al inicio, la robótica parecía un desafío reservado para expertos. Ahora fabrican mecanismos articulados, modelan piezas digitales y explican conceptos de programación a otros compañeros que recién ingresan.
“Antes pensaba que la tecnología era algo lejano, que solo se aprendía en la universidad. Ahora sé que puedo crear mis propias herramientas”, cuenta Iván, mientras muestra un prototipo capaz de medir la humedad de la tierra para proyectos de agricultura escolar.
Aunque se trata de un piloto, los resultados comienzan a notarse. Algunos estudiantes ya han participado en ferias locales, y varios proyectos se preparan para competencias nacionales. Pero el impacto más profundo se observa en la motivación de los jóvenes: para muchos, estos clubes representan su primer acercamiento real a una educación tecnológica de calidad.
Familias y docentes han notado cambios. Los estudiantes mejoran su capacidad para resolver problemas, trabajar en equipo y explicar procesos complejos. En un país donde el acceso a tecnología aún es desigual, estos avances representan una oportunidad para nivelar el terreno y abrir puertas profesionales que antes parecían lejanas.
La nueva generación de estudiantes ecuatorianos no solo aprende a manejar dispositivos: aprende a crearlos, a modificarlos y a imaginar soluciones para el mundo que quiere construir.





