La nueva doctrina Monroe de Trump: ¿igual o peor que la original? Análisis.

En un discurso ante la Organización de Estados Americanos en 2019, el entonces secretario de Estado Mike Pompeo hizo una declaración que resonó en los pasillos de la diplomacia regional: “La Doctrina Monroe está tan viva como nunca”. Esta afirmación, lejos de ser una mera referencia histórica, marcó el inicio de un reposicionamiento estratégico de Estados Unidos hacia América Latina que se ha intensificado bajo la actual administración y que los analistas comienzan a denominar el “Corolario Trump”.

Promulgada en 1823 por el presidente James Monroe, la doctrina original establecía que cualquier intervención europea en América sería vista como un acto hostil hacia Estados Unidos. En 1904, Theodore Roosevelt añadió su “Corolario”, afirmando el derecho de Washington a intervenir como “policía internacional” en casos de “flagrante desorden” en la región.

El siglo XXI había visto una relativa flexibilización de este enfoque, con períodos de política de “buen vecino” y cooperación multilateral. Sin embargo, la competencia estratégica con China y la persecución a las migraciones han revitalizado el marco conceptual monroísta con características contemporáneas.

Según documentos estratégicos y declaraciones de altos funcionarios, los objetivos actuales se estructuran en tres dimensiones:

  • Restauración del Dominio Hemisférico: Tras lo que algunos think tanks conservadores denominan “décadas de negligencia”, existe un esfuerzo concertado por recuperar influencia perdida, particularmente en países con gobiernos considerados “hostiles” o “no alineados”. El restablecimiento de sanciones a Venezuela, el endurecimiento del embargo a Cuba y la presión diplomática sobre Nicaragua ejemplifican esta línea.
  • Contención de la Influencia China: La creciente presencia económica y tecnológica de Beijing en la región es catalogada como “amenaza estratégica”. Se promueven iniciativas como “Américas Crece” como contrapeso a la Nueva Ruta de la Seda, mientras se presiona a países para que excluyan a empresas chinas (como Huawei) de sus infraestructuras críticas, especialmente en telecomunicaciones y energía.
  • Subordinación a Prioridades Internas Estadounidenses: La política exterior se vincula explícitamente a objetivos domésticos. El control migratorio, por ejemplo, se ha convertido en un eje central, con acuerdos bilaterales que externalizan la contención de migrantes a cambio de acceso a mercados o ayuda. La narrativa de la “lucha contra el narcotráfico” también se recalibra según la agenda política interna.

Mientras la Doctrina Monroe era defensiva (contra Europa) y el Corolario Roosevelt era intervencionista (con justificación civilizatoria), el enfoque actual presenta matices propios:

  • Transacciones como eje: Las relaciones se basan en acuerdos bilaterales concretos, menoscabando los foros multilaterales como la CELAC o la propia OEA cuando no sirven a intereses inmediatos.
  • Seguridad Nacionalizada: Temas como migración, drogas y competencia con China se enmarcan no como problemas regionales compartidos, sino como amenazas a la seguridad nacional estadounidense que los países latinoamericanos deben ayudar a mitigar.
  • Alianzas Ideológicas Selectivas: Se fortalece abiertamente a líderes y partidos de derecha y ultraderecha que muestran alineamiento incondicional, creando una nueva división ideológica continental.

Este resurgimiento monroísta encuentra un terreno fértil en el actual giro a la derecha que experimenta la región. Gobiernos como los de Argentina, Uruguay, Ecuador y la oposición en países como Colombia, Chile y Brasil, no solo no rechazan la influencia de Washington, sino que la celebran como un contrapeso necesario.

“Hay una convergencia natural”, explica la politóloga argentina María Victoria Murillo. “Por un lado, Washington ve en estos gobiernos aliados contra el ‘socialismo del siglo XXI’ y la influencia china. Por otro, estas derechas encuentran en el alineamiento con EE.UU. una validación internacional, apoyo en foros multilaterales y, en algunos casos, un salvavidas económico”.

Esta dinámica se manifiesta en:

  • Virajes en política exterior de nuevos gobiernos (como el de Javier Milei en Argentina, que anunció un “alineamiento incondicional” con EE.UU.).
  • Retórica antichina compartida, aunque matizada por la dependencia comercial que muchos países mantienen con Beijing.
  • Adopción de narrativas sobre “libertad”, “lucha contra el autoritarismo” y “defensa de la democracia” que resuenan con el discurso de Washington.
  • Críticas y Riesgos Regionales

Las críticas a este resurgimiento son múltiples:

  • Soberanía Erosionada: Se acusa a EE.UU. de tratar a la región como su “patio trasero” en el nuevo contexto de guerra fría con China, forzando a los países a elegir bandos en perjuicio de su autonomía.
  • Desestabilización: El apoyo a oposiciones radicales en países con gobiernos no alineados puede aumentar la polarización y el conflicto interno.
  • Cortoplacismo: La visión transaccional podría descuidar desafíos estructurales de la región (desigualdad, desarrollo) que son fuente de inestabilidad a largo plazo, incluida la migración. Hipocresía Democrática: Se señala la contradicción de promover “democracia” mientras se estrechan lazos con gobiernos o líderes con tendencias autoritarias o que han intentado rupturas institucionales, siempre que sean aliados estratégicos.

El consenso entre expertos es que esta revitalización de la Doctrina Monroe, con su corolario contemporáneo, no es un paréntesis sino una línea duradera de la política exterior estadounidense, independientemente de quién gane las próximas elecciones. La competencia con China es un factor estructural que definirá la geopolítica global por décadas.

La gran pregunta para América Latina es si logrará construir una respuesta coordinada y soberana. Mientras algunos abogan por una vuelta al multilateralismo y al diálogo con todos los actores globales, otros ven en el alineamiento con Washington la ruta más segura para la seguridad y el desarrollo. Lo que está en juego, una vez más, es la capacidad de la región para definir su propio destino en un mundo de gigantes en pugna.

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