¿Quién era esta mujer? Autoridades piden su identificación a quién la haya conocido.

La brisa mediterránea que acaricia los jardines de esta exclusiva urbanización en Benahavís, Málaga, suele traer consigo el aroma del pino y el jazmín. Pero en abril de 2023, trajo algo muy distinto: el hallazgo macabro que convertiría un tranquilo rincón de Benahavís en el epicentro de una de las investigaciones más herméticas y desconcertantes de la Costa del Sol. Dos años después, la Guardia Civil sigue sin saber quién es la mujer cuyos restos aparecieron en una maleta abandonada, y ha decidido dar un paso inédito: mostrar al mundo su rostro reconstruido, con la esperanza de que alguien, en algún lugar, la reconozca.

Aquel amanecer del 12 de abril de 2023 —algunas fuentes apuntan a que fue el día anterior, pero el atestado policial fija la fecha oficial—, Bartolomé Gallego, jardinero de una urbanización de reciente construcción en la periferia de Benahavís, cumplía con su rutina de poda y riego. Algo llamó su atención en los límites del recinto, una zona de transición entre el cuidado césped y el monte bajo. Al aproximarse, el corazón le dio un vuelco. Era un cráneo humano. A su lado, parcialmente escondida entre matorrales, una maleta de tamaño mediano. Dentro, el resto de los huesos.

La Guardia Civil acordonó el perímetro de inmediato. El lugar exacto, un paraje próximo a Marbella, pero perteneciente al término municipal de Benahavís, ofrecía pocas pistas. Junto a la maleta, los agentes hallaron prendas de vestir femeninas y dos fregonas, un detalle que desde el primer momento resultó inquietante. ¿Habían sido empleadas para limpiar algo? ¿Para borrar huellas, rastros, quizás sangre?

Desde entonces, el equipo de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Guardia Civil en Málaga ha removido cielo y tierra. Verificaron todas las bases de datos de personas desaparecidas en Andalucía, después ampliaron la búsqueda al resto de España, y finalmente a Europa. Ninguna coincidencia. Analizaron el ADN, cotejaron perfiles genéticos con familiares de desaparecidas, pero el perfil de la víctima no estaba registrado en ningún fichero. Era como si esa mujer no existiera. O como si alguien hubiera querido borrar por completo su existencia.

Los investigadores tenían certeza de algo: la muerte había sido violenta. No ha trascendido el número de impactos ni la naturaleza de las lesiones, pero fuentes próximas al caso apuntan a que los restos presentaban signos inequívocos de traumatismos. El silencio, sin embargo, era absoluto. Nadie la había reclamado. Nadie había denunciado su desaparición en la comarca. Nadie preguntaba por ella.

Agotadas las vías convencionales, el instituto armado solicitó la colaboración de los especialistas en antropología forense del Instituto de Medicina Legal de Galicia, un referente en la materia. Durante meses, los forenses trabajaron con los restos craneales, aplicando técnicas de reconstrucción facial en 3D y modelado digital. El resultado es un retrato robot que este miércoles ha sido difundido por la Benemérita.

Los rasgos que la ciencia ha logrado arrancar al silencio dibujan a una mujer europea, de unos 40 años de edad. Su complexión es más bien grácil: 1,60 metros de estatura, piel blanca, pelo oscuro y ojos oscuros. Una mujer menuda, de facciones delicadas. Los análisis antropológicos revelaron que gozaba de aparente buen estado de salud en el momento de su muerte, sin patologías óseas ni deficiencias nutricionales. También determinaron que había sido madre, lo que añade una capa más de dramatismo a su historia.

“Creemos que tuvo al menos un hijo”, declaró Gonzalo López, portavoz de la Guardia Civil, durante la presentación del retrato robot. “Es una mujer con el pelo y los ojos oscuros, de rasgos muy comunes, lo que ha dificultado todavía más su identificación”, añadió.

Los forenses han conseguido afinar la horquilla temporal del fallecimiento. Los restos permanecieron en aquel paraje entre tres años y pocos meses antes de su hallazgo, lo que sitúa el óbito entre 2020 y principios de 2023. Es decir, la mujer llevaba muerta un máximo de tres años cuando el jardinero encontró el cráneo.

Un elemento que despistó inicialmente a los investigadores fue la presencia de varios discos de una radial —una herramienta de corte— en las inmediaciones. Sin embargo, los análisis técnicos determinaron que eran recientes y no guardaban relación con el crimen. “La mujer fue asesinada con anterioridad a que esos discos fueran abandonados allí”, precisan fuentes del caso. El dato, aunque aclara una pista falsa, no ayuda a resolver el enigma principal.

Dos años después, con el caso a punto de cumplir el segundo aniversario sin avances sustanciales, la Guardia Civil ha decidido jugar su última carta. El retrato robot ha sido distribuido a todos los medios de comunicación y redes sociales. El mensaje es claro: necesitan que alguien ponga nombre y apellidos a esa mujer.

“Cualquier información, por mínima que pueda parecer, podría resultar de utilidad para el esclarecimiento del caso”, insisten desde el instituto armado. Los investigadores recuerdan que la víctima era una mujer de origen europeo, edad mediana y rasgos comunes, y que probablemente residía o tenía vínculos con la Costa del Sol. “Quizás alguien la recuerde, alguien notara su ausencia, pero no la denunciara por miedo, por desconocimiento o porque pensó que se había marchado”, reflexiona un agente.

La Guardia Civil ha habilitado dos canales directos para cualquier persona que pueda aportar información: el correo electrónico ma-pj-personas@guardiacivil.org y el teléfono 952 07 15 20. La línea permanece operativa las 24 horas.

Benahavís, municipio de poco más de nueve mil habitantes, pero con una de las rentas per cápita más altas de España, es conocido por sus campos de golf, sus urbanizaciones de lujo y su proximidad a Marbella y Puerto Banús. Precisamente ese carácter cosmopolita y el constante flujo de residentes extranjeros y trabajadores temporales ha complicado la investigación. “Aquí viene gente de todo el mundo a vivir, a veranear o a trabajar. Es más fácil pasar desapercibido”, explican los investigadores.

El misterio de la mujer de la maleta no solo perdura; se ha convertido en un caso obsesivo para los agentes de la Unidad Orgánica de Policía Judicial. Saben que la víctima tenía una vida antes de aquel descampado. Alguien la esperaba. Alguien la recuerda. Y ese alguien puede estar viendo ahora su retrato en un periódico, en la televisión, en el móvil.

“Puede que alguien reconozca esos ojos, esa frente, la forma de su rostro”, confían los forenses. La ciencia les ha devuelto la cara. Ahora solo falta que alguien le devuelva el nombre.

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