Durante décadas, la iglesia Céu do Mar fue presentada como el rostro urbano y respetable del Santo Daime, una doctrina amazónica basada en rituales con ayahuasca y disciplina espiritual. Hoy, su fundador y líder histórico, Padrinho Paulo (Paulo Roberto Silva e Souza), de 76 años, enfrenta uno de los procesos judiciales más graves en la historia reciente de ese movimiento religioso: acusaciones de violación sexual mediante fraude contra exseguidoras que afirman haber sido manipuladas bajo promesas de “cura espiritual”.
Detrás del expediente judicial emerge un entramado de poder religioso, dependencia emocional, jerarquías cerradas y silencio institucional que ahora comienza a resquebrajarse.
Según la investigación del Ministerio Público de Río de Janeiro (MPRJ), el caso no se limita a un episodio aislado. Las denunciantes describen un patrón: mujeres en situación de vulnerabilidad emocional o espiritual que eran seleccionadas para recibir “orientación especial” del líder.
La principal acusación sostiene que Silva e Souza convenció a una asistente personal y fiel de que debía someterse a encuentros íntimos como parte de un proceso de sanación espiritual. La fiscalía considera que ese consentimiento fue obtenido mediante engaño y abuso de autoridad religiosa, lo que configura el delito de violación mediante fraude.
Otras mujeres habrían relatado dinámicas similares: aislamiento progresivo, mensajes de carácter místico que reforzaban la obediencia y la idea de que el contacto físico con el líder tenía efectos terapéuticos o energéticos.
Investigadores consultados por la fiscalía señalan que este tipo de mecanismos no es inusual en estructuras religiosas altamente jerarquizadas, donde la figura del guía espiritual concentra autoridad moral y emocional.
Céu do Mar no era una iglesia periférica. Fundada en los años 80 en São Conrado, una zona acomodada de Río, se convirtió en un centro clave para la expansión internacional del Santo Daime y atrajo a artistas, profesionales y extranjeros.
Exintegrantes describen una organización con fuerte disciplina interna y una cadena de mando definida, donde cuestionar al líder era visto como falta grave o señal de debilidad espiritual.
Documentos y testimonios recogidos por la investigación sugieren que el acusado mantenía control sobre la vida cotidiana de colaboradores cercanos, incluyendo tareas personales, agendas y decisiones íntimas. Para especialistas en estudios religiosos consultados por la prensa brasileña, ese nivel de influencia puede generar relaciones de dependencia difíciles de romper, incluso cuando las personas perciben situaciones abusivas.
Varias denunciantes tardaron meses o años en acudir a la justicia. Algunas relataron temor a represalias espirituales o sociales, además del riesgo de perder su comunidad.
El punto de quiebre habría sido la salida de una de las víctimas del círculo cercano del líder, lo que permitió que otras mujeres compartieran experiencias similares. Fuentes vinculadas a la investigación indican que al menos cinco testimonios adicionales fueron considerados por la fiscalía para sustentar la acusación principal.
La estrategia de la defensa se centra en negar cualquier coerción. Los abogados del líder sostienen que la relación con la denunciante fue consentida y que se trató de un vínculo afectivo secreto, no de manipulación espiritual. También cuestionan la interpretación de la fiscalía sobre el concepto de fraude, argumentando que no existieron engaños ni rituales obligatorios.
El caso se desarrolla bajo secreto judicial, lo que limita el acceso público a pruebas y declaraciones completas. El Ministerio Público solicitó la prisión preventiva de Silva e Souza alegando incumplimiento de medidas cautelares y riesgo para las víctimas. Sin embargo, la justicia inicialmente rechazó el pedido, considerando su edad, la falta de hechos recientes y aspectos procesales.
El religioso permanece en libertad con restricciones, entre ellas la entrega de su pasaporte y la prohibición de abandonar el país.
La crisis ha sacudido a la comunidad daimista dentro y fuera de Brasil. La organización vinculada a Céu do Mar anunció el apartamiento del líder mientras avanza el proceso, en un intento de contener el daño reputacional.
Para analistas, el caso podría marcar un precedente sobre responsabilidad en instituciones espirituales que utilizan sustancias psicoactivas en contextos rituales, donde la vulnerabilidad psicológica puede intensificarse.
Más allá del resultado judicial, el proceso abre un debate sobre abuso espiritual, consentimiento bajo autoridad religiosa y los límites entre fe y poder.
Organizaciones de apoyo a víctimas señalan que estos casos suelen ser difíciles de probar porque ocurren en espacios privados, sin testigos y con dinámicas de influencia emocional profundas.
Mientras el juicio avanza, exseguidores, especialistas y activistas coinciden en algo: el caso de Padrinho Paulo podría convertirse en un punto de inflexión para revisar prácticas internas en comunidades espirituales cerradas en América Latina.





