Lo que antes era una queja por la falta de cariño se ha convertido en un frío cálculo de auto-mejora. Si a finales de los 90 los incels construían su identidad en torno al vacío que dejaba el amor no correspondido, los looksmaxxers de hoy han dado un paso más: han eliminado la necesidad del otro de la ecuación. Su obsesión no es encontrar pareja, sino esculpir un físico tan perfecto que, en teoría, el rechazo sea imposible, aunque nunca se pongan a prueba en el mundo real.
Estos jóvenes, criados en el escepticismo de la era post-pandemia y ahogados en la retórica digital, han convertido la estética en una ideología. Su mantra es que el atractivo físico, medido y codificado con precisión milimétrica, es el único valor humano que importa. Figuras como Braden Peters, conocido en el streaming como Clavicular, son el producto extremo de esta lógica: a sus 20 años, lleva seis inyectándose esteroides y ha recurrido a la metanfetamina o a golpearse los pómulos con un martillo (el llamado bonesmashing) en una búsqueda desesperada por alcanzar un ideal de rostro.
Pero, ¿para qué sirve tanta perfección si no hay con quien compartirla? La respuesta de Clavicular es reveladora: la mera certeza de poder tener sexo es más valiosa que el acto en sí. Es un pensamiento que delata una realidad incómoda: estos jóvenes no están obsesionados con el sexo opuesto, sino aterrados por él. Al concentrarse únicamente en sí mismos, construyen un refugio donde la posibilidad de interacción reemplaza a la interacción real, mucho más compleja y aterradora.
Esta no es una tendencia aislada, sino el síntoma de una generación que ha visto desmoronarse los códigos del cortejo tradicional. Criados entre la hipersexualización del porno online, la ansiedad generalizada del movimiento #MeToo y el aislamiento de la pandemia, los jóvenes de la Generación Z han aprendido a ver el romance a través de una pantalla. Las aplicaciones de citas y los influencers de TikTok se han convertido en los nuevos casamenteros, pero con un catálogo de términos (“bops”, “body count”, “simping”) que sirven más para clasificar y desconfiar que para conectar.
La consecuencia es una paradoja: se habla obsesivamente de relaciones, pero no se tienen. Se teoriza sobre la pareja ideal mientras se le niega su humanidad, reduciéndola a arquetipos (“foids”) contra los que hay que protegerse. El miedo a la vulnerabilidad lleva a un repliegue narcisista: es más fácil odiar o ignorar al otro que arriesgarse a un rechazo.
Y mientras ellos se encierran en su gimnasio de la auto optimización, muchas mujeres están haciendo lo propio, pero en dirección contraria. Celebran su soledad, romantizan su vida en solitario y desplazan a los hombres del centro de su narrativa emocional. El éxito de una película como la reciente versión de “Cumbres borrascosas”, descrita por la crítica como “masturbación en los páramos”, es un síntoma de esta huida hacia adentro, hacia un deseo que no necesita ser consumado.
Las cifras pintan un panorama desolador: los jóvenes salen menos, tienen menos sexo y forman menos parejas. La mayoría admite sentirse insegura para iniciar un contacto, para hablar de sus sentimientos o para superar un simple rechazo. El resultado es una generación atrapada en un bucle de soledad, donde el miedo al otro ha secuestrado la posibilidad del nosotros. El romance ya no se vive; se optimiza, se debate y, finalmente, se abandona en favor de una fortaleza construida con la frágil argamasa del ego. En menos de una década, no habrá matrimonios ni uniones de pareja entre los jóvenes de la Generación Z.





