Venezuela se ha convertido en un país atravesado por contradicciones profundas, desde el inicio de su historia, pero que se ha acrecentado en los últimos treinta años marcados por el chavismo. Desde la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos en enero, sectores cercanos al poder comenzaron a hablar de una nueva etapa para el país. Entre empresarios y figuras políticas circula la idea de una recuperación económica impulsada por la promesa estadounidense de reactivar la golpeada industria petrolera y abrir el camino hacia una supuesta prosperidad.
Al mismo tiempo, cientos de presos políticos han recuperado la libertad tras años de encierro en cárceles marcadas por el deterioro y las malas condiciones. Muchos salieron física y emocionalmente devastados. Aunque ya no están tras las rejas, siguen viviendo con miedo y prefieren guardar silencio, temiendo represalias de un aparato estatal que, más allá de la caída de Maduro, continúa prácticamente intacto. Y mientras algunos lograron salir, otros tantos siguen detenidos.
Entre quienes celebran y quienes sobreviven al trauma existe una enorme mayoría de venezolanos atrapados en la precariedad diaria: maestros, médicos, obreros y vendedores informales que intentan sostenerse en medio de una economía destruida. Para ellos, la intervención estadounidense apenas ha modificado su realidad y las promesas de mejora todavía se sienten lejanas.
En la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, varios profesores relataron cómo más de una década de crisis terminó por arrastrarlos a la pobreza. Pedro García, docente jubilado de 59 años, recordó que su salario llegó a valer apenas cuatro dólares mensuales debido a la devaluación. Con el tiempo, tuvo que dejar parte de sus clases para vender comida cerca de una gasolinera y desprenderse de pertenencias familiares para subsistir. Su pensión, asegura, apenas le alcanza para sobrevivir.
Junto a él, el economista Carlos Hermoso advirtió que cualquier crecimiento derivado de la reinversión petrolera podría convertirse en una ilusión pasajera para la mayoría de la población. Aunque reconoció que la participación de Estados Unidos podría generar algo de actividad económica, considera que el beneficio real tardaría años en llegar, si es que llega.
Washington ha anunciado el envío de recursos provenientes de la venta de petróleo venezolano y prometió supervisar que esos fondos se usen de manera transparente. Sin embargo, especialistas señalan que reconstruir el sector petrolero demandaría inversiones multimillonarias y más de una década de trabajo, incluso para alcanzar niveles de producción inferiores a los de los años noventa.
Mientras tanto, la moneda venezolana continúa perdiendo valor y el salario mínimo permanece prácticamente pulverizado. Aunque el gobierno anunció bonos complementarios para los trabajadores, distintas estimaciones indican que una familia necesita mucho más dinero solo para cubrir alimentación básica. Los servicios públicos siguen colapsados. Transporte, salud y educación funcionan de manera precaria, y millones de venezolanos que emigraron durante los años de crisis no encuentran motivos suficientes para regresar.
En zonas populares de Caracas, las escenas cotidianas reflejan ese deterioro. Filas interminables para abordar autobuses improvisados, estaciones de metro paralizadas y conductores obligados a pasar días esperando combustible forman parte de la rutina. Muchos vehículos sobreviven gracias a reparaciones artesanales hechas con piezas recicladas.
Yelmira Jiménez, dirigente de una asociación de transportistas, resume el sentimiento de frustración de muchos ciudadanos: asegura que lo único que realmente cambió tras la salida de Maduro es que ahora siente menos temor al hablar públicamente.
En los barrios más pobres, la situación es aún más dura. Vecinos describen escuelas semivacías, escasez de alimentos frescos y años enteros sin oportunidades laborales. Estudios universitarios recientes muestran que la mayoría de la población no logra cubrir sus necesidades básicas y que millones viven atrapados en una pobreza que afecta no solo los ingresos, sino también la vivienda, la educación y el acceso al trabajo.
Algunos antiguos simpatizantes del chavismo consideran que Maduro terminó destruyendo el proyecto político que prometía igualdad social. Ana Bracho, exfuncionaria pública y vecina de un barrio históricamente chavista, cuenta que incluso perdió acceso a ayudas estatales tras criticar al gobierno. Lo que antes veía como un movimiento de esperanza terminó convirtiéndose, según ella, en sinónimo de corrupción y abandono.
Para muchos venezolanos, escapar de esa realidad se ha convertido en un sueño constante. Nélida Salazar, el diálogo con The New York Times, deposita todas sus esperanzas en el talento deportivo de su hijo adolescente, quien aspira a llegar al béisbol profesional. Para costear sus entrenamientos, ha vendido casi todas sus pertenencias y trabaja preparando dulces caseros por unos pocos dólares al día. Cuando no puede comprar alimentos suficientes, improvisas soluciones para alimentar a su hijo y evitar que note la gravedad de la situación. Su deseo, dice, es simple: encontrar cualquier trabajo que le permita seguir adelante.





