Ante el fracaso macroeconómico, Milei opta por los gritos, ¿pasará lo mismo con De la Espriella?

La experiencia argentina bajo Javier Milei ofrece una advertencia que Colombia debería mirar con atención si Abelardo de la Espriella llega a la Presidencia: los cambios políticos profundos no comienzan necesariamente con grandes reformas institucionales, sino con una transformación del estado de ánimo de la sociedad. Cuando amplios sectores dejan de confiar en los partidos tradicionales, sienten que han perdido calidad de vida y perciben que el Estado dejó de responder a sus necesidades, aparece el terreno ideal para el ascenso de liderazgos que prometen romper con todo lo anterior.

Ese fenómeno es particularmente relevante para Colombia. El sistema político colombiano también atraviesa un proceso de fragmentación, desgaste de los partidos tradicionales y creciente desconfianza ciudadana. En ese contexto, una figura como De la Espriella podría intentar convertir el malestar social en una plataforma política, presentándose como una alternativa radical frente al establecimiento y ofreciendo una ruptura con buena parte de las políticas económicas y sociales de los últimos años. Pero la experiencia argentina muestra que ganar las elecciones con un discurso de ruptura es una cosa y gobernar una sociedad compleja es otra.

El caso de Milei resulta especialmente revelador porque su Gobierno consiguió instalar una propuesta política perfectamente identificable: reducción del gasto público, disciplina fiscal, combate frontal contra la inflación, menor intervención estatal y una relación más estrecha con las fuerzas del mercado. Esa claridad le permitió conectar con una sociedad cansada de décadas de crisis y deterioro. Sin embargo, el mismo proceso produjo tensiones sociales importantes: pérdida de empleos formales, crecimiento del trabajo por cuenta propia, presión sobre los ingresos y desplazamiento de sectores de la clase media hacia posiciones económicas más frágiles. El propio análisis que sirve de base a esta comparación advierte sobre la transformación de la estructura social argentina y el riesgo de una mayor desigualdad.

Ahí aparece la primera advertencia para Colombia. Si un eventual gobierno de De la Espriella optara por un programa de fuerte reducción del tamaño del Estado, disminución del gasto público, flexibilización económica y reformas laborales y sociales profundas, los efectos no necesariamente serían inmediatos ni uniformes. Algunos sectores podrían beneficiarse de una mayor apertura económica, reducción de impuestos, estímulos a la inversión y eliminación de determinadas barreras regulatorias. Pero otros podrían experimentar una transición mucho más dura, especialmente trabajadores vinculados al sector público, hogares dependientes de subsidios, sectores informales y colombianos que utilizan servicios estatales de salud, educación o protección social.

El problema estaría en la velocidad del ajuste. Argentina muestra que una política de estabilización puede conseguir resultados importantes en materia de inflación y, al mismo tiempo, producir una sensación de empobrecimiento relativo en sectores que no necesariamente caen inmediatamente por debajo de la línea de pobreza, pero sí pierden capacidad para sostener el nivel de vida que tenían. El fenómeno descrito en el caso argentino es el desplazamiento de personas desde la clase media hacia la clase media baja.

En Colombia, ese fenómeno podría tener una particular sensibilidad política. Una parte importante de la sociedad colombiana no es pobre, pero tampoco tiene suficiente capacidad económica para soportar fácilmente un deterioro de sus ingresos. Son hogares que pagan educación, vivienda, salud, transporte, créditos y alimentación y que, ante una caída de sus ingresos reales, pueden comenzar a recortar precisamente aquellos gastos que hasta entonces les permitían identificarse con la clase media.

Por eso, el riesgo de un eventual modelo de ajuste no debería medirse únicamente por el comportamiento del PIB o de la inflación. También habría que observar qué ocurre con el empleo formal, los salarios reales, el consumo de los hogares, la informalidad, la cobertura de los servicios sociales y el tamaño efectivo de la clase media. La segunda advertencia está en el mercado laboral. En Argentina, el análisis citado registra la pérdida de 89.000 puestos formales entre febrero y mayo y señala simultáneamente el crecimiento del cuentapropismo y de actividades laborales de menor calidad.

Colombia parte de una situación particularmente vulnerable porque la informalidad laboral ya constituye uno de los grandes problemas estructurales de la economía. Por eso, una eventual reducción de costos laborales podría tener dos caras. Podría incentivar la contratación formal y mejorar la competitividad de las empresas, pero también podría aumentar la precarización si las reformas terminan debilitando las garantías laborales sin generar suficientes empleos productivos.

La tercera advertencia tiene que ver con el sistema de protección social. El caso argentino muestra una paradoja: cuando disminuye el número de trabajadores formales y aumenta el de trabajadores independientes o monotributistas, también se deteriora la capacidad contributiva del sistema de pensiones.

Colombia debería prestar especial atención a este punto. Una reforma que reduzca el peso del Estado y modifique sustancialmente el sistema laboral y pensional tendría que demostrar no solamente cuánto dinero puede ahorrar en el corto plazo, sino cómo financiará las pensiones, la salud y la protección social en el largo plazo.

Y aquí aparece una diferencia fundamental entre Argentina y Colombia: no sería prudente importar el modelo argentino como si ambos países fueran económicamente iguales. Colombia tiene una estructura productiva, un sistema financiero, un mercado laboral, una institucionalidad y unas relaciones entre el Gobierno, el Congreso y las regiones diferentes. Por tanto, De la Espriella no necesariamente produciría una “Argentina colombiana”. Lo que sí podría reproducirse son determinadas dinámicas políticas y económicas.

Una de ellas sería el debilitamiento de los partidos tradicionales. Argentina llegó al fenómeno Milei después de un profundo deterioro de las estructuras políticas existentes. El peronismo perdió cohesión territorial y el PRO y otros sectores de la oposición también quedaron fragmentados. El resultado fue un espacio político disponible para un liderazgo que pudiera presentarse como completamente diferente.

Colombia podría experimentar algo parecido si los partidos tradicionales no consiguen responder al descontento ciudadano. En ese escenario, el fenómeno De la Espriella no sería únicamente consecuencia de su capacidad política personal. También sería consecuencia de la incapacidad de sus adversarios para ofrecer una alternativa convincente. Pero existe una segunda enseñanza argentina: el éxito electoral de un discurso antisistema puede comenzar a erosionarse cuando el ciudadano deja de preguntar quién tiene la culpa de la crisis y empieza a preguntar cuándo mejorará su propia vida.

En Argentina, el análisis citado muestra que la inflación baja continúa siendo uno de los principales activos políticos del Gobierno, pero al mismo tiempo aumenta la demanda de empleo y bienestar. Es decir, una sociedad puede respaldar inicialmente un ajuste porque quiere terminar con la inflación, pero después exigir que la estabilización se traduzca en mejores salarios, más empleo y mayor capacidad de consumo.

Ese podría ser también el gran desafío de De la Espriella. Si llegara al poder prometiendo una transformación profunda de Colombia, tendría inicialmente la ventaja política de representar el cambio. Pero esa ventaja tendría fecha de vencimiento. Después de los primeros meses, la ciudadanía comenzaría a evaluar resultados concretos: empleo, seguridad, inflación, poder adquisitivo, inversión, salud, educación, pensiones y costo de vida.

Y entonces aparecería la verdadera prueba. Colombia podría estar ante un experimento político que combine la ruptura discursiva de Milei con problemas sociales propios de una economía latinoamericana altamente informal. El resultado podría ser positivo si el ajuste consigue estabilizar las finanzas públicas, atraer inversión, aumentar la productividad y generar empleo formal. Pero podría convertirse en un problema si la reducción del Estado avanza más rápidamente que la creación de nuevas oportunidades económicas.

La experiencia argentina demuestra precisamente que la estabilización macroeconómica y el bienestar social no son necesariamente la misma cosa. Es posible mejorar algunas variables económicas mientras determinados grupos sociales sienten que están retrocediendo. Por eso, más que preguntarse si De la Espriella sería “el Milei colombiano”, la pregunta verdaderamente importante sería otra: ¿qué tipo de Colombia emergería después de cuatro años de un gobierno decidido a romper con el modelo económico y político vigente?

Podría surgir un país más competitivo, con menor déficit, mayor inversión privada y un Estado más pequeño. Pero también podría aparecer una sociedad más desigual, con una clase media debilitada, mayor informalidad y una protección social sometida a fuertes presiones.

La diferencia entre ambos escenarios no estaría solamente en el discurso presidencial. Estaría en la capacidad del próximo Gobierno para hacer algo que resulta mucho más difícil que ganar una elección: transformar una economía sin romper el tejido social que la sostiene. Ese es, probablemente, el verdadero espejo que Argentina le ofrece hoy a Colombia.

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