La imagen es tan antigua como inquietante: un reportero intentando hacer su trabajo mientras un manifestante le enfrenta cabeza contra cabeza, rodeado de gritos que mezclan consignas políticas con descalificaciones a la prensa. Ocurrió este miércoles en Madrid, durante las concentraciones en apoyo a Ceuta, y no fue un hecho aislado. Los periodistas de Televisión Española se convirtieron en uno de los objetivos principales de la ira de algunos asistentes, en un episodio que trasciende las fronteras de España y resuena con inquietante familiaridad en países como Colombia.
Jesús Poveda, reportero del programa Malas Lenguas, fue increpado mientras realizaba una conexión en directo desde Cibeles. Un individuo se le encaró con agresividad mientras decenas de manifestantes coreaban insultos contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Pero Poveda no fue el único. En Madrid, Mikel Etxarri, de *Mañaneros 360*, sufrió patadas en las espinillas “para que no se viera en cámara”, según relató posteriormente. En Ceuta, Jesús Navarro, de los Servicios Informativos de TVE, también fue agredido mientras cubría la concentración en la Ciudad Autónoma.
Los incidentes se extendieron por toda España. En Pamplona, la Asociación de Reporteros Gráficos de Navarra denunció agresiones físicas y verbales a varios profesionales durante la concentración por Ceuta. La Policía Nacional ha identificado a varias personas, entre ellas un responsable de juventud de Vox en Navarra, por su participación en estos incidentes. En la capital, la concentración paralela frente al Congreso de los Diputados contó con la presencia de grupos neonazis y fascistas, como Núcleo Nacional o Desokupa, que no dudaron en exhibir simbología franquista y realizar el saludo nazi.
Las manifestaciones, convocadas en el Día de Ceuta por la Federación de Municipios y Provincias —controlada por el PP—, reunieron a decenas de miles de personas en todo el país. El detonante fue la crisis migratoria que estalló a finales de julio, cuando unos 72.000 migrantes cruzaron la frontera desde Marruecos hacia Ceuta en apenas dos días. Aunque la mayoría retornaron en los días siguientes, alrededor de 5.000 personas, incluyendo 1.200 menores, permanecen en la ciudad, según datos del gobierno central.
La crisis ha puesto en tensión las relaciones entre España y Marruecos, con un informe policial filtrado que sugiere que las autoridades marroquíes permitieron o incluso facilitaron el cruce masivo durante un período de diez horas crítico. El presidente Sánchez, que este jueves compareció en el Parlamento para dar explicaciones, rechazó categóricamente que existan pruebas de que Marruecos orquestara el suceso, aunque admitió que “hay que clarificar” por qué se produjo esa falta de control en las horas clave.
Las agresiones a los periodistas han provocado una condena unánime de la profesión. El presidente de RTVE, José Pablo López, denunció públicamente los hechos. La Federación de Asociaciones de Periodistas (FAPE) recordó que “cuando se ataca a un periodista que está ejerciendo su derecho a informar, se ataca también a la ciudadanía, que tiene el derecho constitucional a recibir una información veraz”.
Uno de los análisis más lúcidos llegó de José Luis Sastre, director de Hora 25 en la Cadena SER, quien conectó estos episodios con un fenómeno más amplio: la normalización del odio. “¿Cuándo empieza algo a ser normal? ¿En qué momento, por ejemplo, el insulto empezó a ser normal, o dejó de llamar la atención? ¿Son ya normales las agresiones a periodistas que van a cubrir manifestaciones, y que no pase nada?”. Sastre señaló que el odio en redes sociales, aunque virtual, “es real y cala”. El presentador Iñaki López fue aún más contundente: “Quienes buscan debilitar la democracia están de enhorabuena”.
Las palabras de Loreto Ochando, colaboradora de Malas Lenguas, reflejan el miedo que atraviesa la profesión: “No van a parar hasta que nos revienten la puta cabeza a alguno de nosotros en directo” . Una frase que resume la sensación de que la violencia contra los periodistas ha dejado de ser una excepción para convertirse en un riesgo sistemático del oficio.
Lo ocurrido en España no es un fenómeno aislado. En Colombia, la situación de los periodistas que cubren el conflicto armado y las protestas sociales ha sido igualmente preocupante. La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) ha documentado decenas de agresiones en los últimos años, desde amenazas hasta ataques físicos y asesinatos. Los periodistas que informan desde regiones como el Catatumbo, el Cauca o el Chocó se enfrentan no solo a los riesgos inherentes a un territorio en conflicto, sino también a la hostilidad de actores armados que ven en la prensa un enemigo que debe ser silenciado.
La decisión de la jueza Viviana Arciniegas Gómez, que ordenó a las Fuerzas Militares abstenerse de bombardeos aéreos cuando exista información sobre la presencia de menores reclutados, es un recordatorio de que proteger la vida de los más vulnerables y garantizar el derecho a la información son dos caras de la misma moneda. En un contexto donde la desinformación y la polarización alimentan el odio, el trabajo de los periodistas —y su protección— se vuelve más crucial que nunca.
Las agresiones a periodistas durante las protestas por Ceuta no son un incidente aislado ni un exceso puntual de unos pocos manifestantes. Son el síntoma de un malestar más profundo: una sociedad que empieza a normalizar la violencia contra quienes ejercen el derecho a informar. En España, en Colombia y en cualquier democracia que se precie, atacar a un periodista no es solo un delito contra una persona; es un ataque contra el derecho de todos los ciudadanos a estar informados.
La reflexión de José Luis Sastre resuena con fuerza más allá de las fronteras ibéricas: “El límite, ¿cuál es? ¿Cuánto odio es lo normal?”. Porque cuando el odio se vuelve cotidiano y las agresiones dejan de sorprender, la democracia, en su conjunto, se debilita. Y eso, como advirtió Iñaki López, es precisamente lo que celebran quienes quieren socavarla . Veamos la denuncia documentada en video que hizo José Pablo López en la red social X.





