Estados Unidos acaba de cerrar el año con la mayor caída de homicidios jamás registrada en la historia criminalística del país. El colapso de la violencia homicida —un descenso del 21% en 35 grandes ciudades durante 2025— no tiene precedentes desde que existen estadísticas fiables, y los analistas ya aventuran que, cuando el FBI publique los datos nacionales definitivos, la tasa de asesinatos por cada 100.000 habitantes rondará el 4,0. Sería la más baja desde 1900.
El dato emerge de la última actualización del Consejo de Justicia Penal (Council on Criminal Justice, CCJ), un think tank no partidista que ha analizado los informes policiales de 40 urbes estadounidenses. Pero no viaja solo. Apenas unos días antes, la Asociación de Jefes de Policía de las Grandes Ciudades (MCCA) publicó su propia encuesta, basada en 67 departamentos, que certifica caídas del 19% en asesinatos, del 20% en robos con violencia y de casi el 10% en agresiones graves. Dos fuentes, una misma fotografía: el crimen violento se retira en EE.UU. a una velocidad que ni los expertos más optimistas anticipaban.
El estudio del CCJ, difundido a mediados de enero de 2026 con cifras consolidadas hasta diciembre de 2025, desglosa la magnitud del fenómeno. En términos absolutos, las 35 ciudades que reportaron datos de homicidio contabilizaron 922 asesinatos menos que en 2024. La caída es del 21%, la más pronunciada en un solo año desde que el organismo comenzó sus series históricas.
Pero hay más: el descenso no es una excepción de última hora. Nueve de cada trece delitos analizados experimentaron reducciones de doble dígito. Los robos de vehículos se desplomaron un 27%; los robos con violencia, un 23%; los asaltos con arma de fuego, un 22%; y los carjackings —una modalidad especialmente temida— cayeron nada menos que un 43%.
“Es un descenso dramático hasta un nivel absolutamente asombroso. No es solo una caída: es un colapso histórico de la tasa de homicidios”, sintetizó Adam Gelb, presidente y consejero delegado del CCJ, en una entrevista con CNN.
Para comprender la magnitud del hito hay que retroceder apenas cinco años. Entre 2020 y 2021, EE.UU. experimentó el mayor incremento de homicidios de su historia reciente, alimentado por el desorden social, los cierres por la covid-19 y una crisis de legitimidad policial. Las ciudades ardían y los asesinatos se dispararon hasta cotas no vistas desde los años noventa.
Pues bien: 2025 ha borrado de un plumazo esa herencia. Los datos del CCJ confirman que la violencia homicida se encuentra ya un 25% por debajo de los niveles prepandémicos de 2019. Las agresiones con arma de fuego han caído un 13% respecto a aquel año; las violaciones, un 4%; y la violencia doméstica, un 19%.
“Incluso cuando los números generales de delitos violentos no han cambiado drásticamente, la letalidad —es decir, la proporción de crímenes violentos graves que resultan en muerte— ha disminuido”, subraya el informe. En 18 ciudades monitorizadas, esa tasa de letalidad cayó un 8% en 2025.
Los descensos no son uniformes, pero sí generalizados. Treinta y una de las treinta y cinco urbes analizadas por el CCJ registraron menos homicidios que el año anterior. Algunos casos resultan especialmente llamativos.
Denver encabeza la tabla con una reducción del 41%, seguida muy de cerca por Washington D.C. y Omaha, ambas con un 40% de caída. Chicago, el antiguo símbolo de la violencia incontrolada, vio desplomarse sus asesinatos de 587 en 2024 a 417 el año pasado. Los Ángeles redujo un 20% sus robos con violencia y un 23% sus homicidios, mientras que Houston recortó en más de 3.200 las agresiones graves.
Nueva York, que no forma parte de la muestra del CCJ pero publica sus propios datos, también celebró mínimos históricos: jamás había tenido tan pocos tiroteos y víctimas por arma de fuego en un año natural.
Pero la marea no ha subido en todos los puertos. Cuatro ciudades desafiaron la tendencia y vieron aumentar sus homicidios. Little Rock (Arkansas) lidera los incrementos con un 16% más de asesinatos que en 2024. Le siguen Fort Worth (Texas), que pasó de 75 a 81 homicidios; Milwaukee, que no logra contener la violencia; y el condado de Suffolk, en Long Island, donde los asesinatos se multiplicaron: de 11 en 2024 a 26 el pasado ejercicio. Boston y El Paso también registraron repuntes, aunque más moderados, según los datos de la MCCA.
Aquí termina el consenso y comienza la batalla política y académica. La Casa Blanca no ha tardado en reivindicar el mérito. En una nota difundida este mismo febrero, el equipo del presidente Donald Trump atribuye el desplome criminal a “la restauración de la ley y el orden”, al despliegue de recursos federales en ciudades gobernadas por demócratas y a la expulsión de “criminales ilegales salvajes”.
Los datos del FBI parecen reforzar parcialmente esa narrativa: los arrestos por delitos violentos se duplicaron en 2025 en 17 oficinas federales clave, pasando de 6.000-7.000 anuales bajo la administración Biden a cerca de 14.000 en el primer año de Trump. El director del FBI, Kash Patel, lo atribuye sin ambages a la reorientación de recursos hacia las oficinas de campo.
Sin embargo, los expertos independientes reclaman cautela. “Estamos viendo grandes cambios en las políticas de justicia penal, grandes avances tecnológicos y grandes transformaciones sociales y económicas, todo al mismo tiempo. Es extremadamente difícil desenredar la madeja y señalar qué está impulsando realmente el descenso”, advierte Adam Gelb.
El propio informe del CCJ es taxativo: “Cualquier afirmación contundente sobre la influencia de intervenciones políticas específicas —ya sean despliegues de la Guardia Nacional, endurecimiento migratorio o programas comunitarios— debería estar respaldada por diseños de investigación robustos destinados a medir sus efectos causales”.
De hecho, un análisis publicado por KOIN en noviembre de 2025 ya evidenciaba que la violencia había comenzado a disminuir en ciudades como Portland, Memphis, Washington o Los Ángeles antes incluso de que el presidente ordenara el despliegue de tropas federales.
Entonces, ¿qué explica el milagro estadístico? Los criminólogos barajan un cóctel de factores. Por un lado, la normalización pospandémica: la gente ha vuelto a las oficinas, los jóvenes han retomado rutinas, el consumo de alcohol y sustancias se ha moderado, y la gente lleva menos efectivo encima, lo que desincentiva ciertos robos.
Por otro, la saturación policial de precisión. Muchas ciudades han combinado tecnología de predicción del delito con programas de “interruptores de violencia” —mediadores comunitarios que intervienen en conflictos antes de que escalen— y la reducción del atasco judicial heredado de la Covid, lo que ha acelerado los juicios y aumentado el efecto disuasorio.
“La consistencia del descenso de homicidios, tanto entre ciudades como a lo largo del tiempo, me inclina a pensar que esto tiene que ver con movimientos sociales más amplios, temporalmente alterados por la Covid-19, más que con ninguna política concreta que una ciudad en particular pueda estar aplicando”, reflexiona Emily Owens, profesora de criminología en la Universidad de California en Irvine.
Nadie se atreve a lanzar las campanas al vuelo. Los mismos expertos que certifican el hito estadístico recuerdan que la violencia es impredecible. “Es demasiado compleja para hacer proyecciones de futuro, porque es un fenómeno emergente que puede realimentarse a sí mismo”, advierte Patrick Sharkey, sociólogo de Princeton.
Además, no todas las métricas son positivas. Los delitos relacionados con drogas aumentaron un 7% en 2025, y las agresiones sexuales se mantuvieron estancadas, sin mejoría . En Nueva York, las violaciones experimentaron un repunte del 16% que el NYPD atribuye, eso sí, a un cambio legislativo que amplió la definición legal del delito.
El tiempo dirá si 2025 fue el año de la gran inflexión o simplemente una tregua estadística. Mientras tanto, las ciudades respiran. Y los forenses, por primera vez en décadas, tienen menos cadáveres que contar.





