En el apacible entorno de Kleve, una ciudad alemana conocida por su castillo y su tranquilidad, la convivencia vecinal se vio alterada por un residente de lo más inusual: Muffin, un gato cuyo nombre evoca ternura, pero cuyo pedigrí esconde una naturaleza exótica y controvertida. Lo que comenzó como una denuncia anónima ha culminado en una sentencia judicial que obliga a una familia a separarse de su amado animal, marcando un precedente sobre los límites de la tenencia de fauna salvaje en entornos urbanos.
Muffin no es un felino común. Con un porte esbelto, patas largas y un pelaje moteado que recuerda al de un leopardo en miniatura, es el ejemplar perfecto de un gato Savannah de primera generación (F1). Esto significa que es hijo directo de un serval africano —un mediano felino salvaje— y una gata doméstica. Esta herencia le confiere una belleza espectacular, pero también un carácter y una fuerza que distan mucho de los de un gato convencional. Los Savannah F1 pueden llegar a pesar más de 15 kilos y su instinto de caza y territorialidad son notablemente más agudos.
La denuncia anónima puso a Muffin en el punto de mira de las autoridades veterinarias. Aunque sus dueños, una pareja profundamente apegada a él, defendieron su naturaleza “cariñosa y sociable” y aseguraron que nunca había protagonizado ningún incidente, la ley alemana es clara y estricta. La normativa sobre “tenencia de animales pequeños” exige que estos sean “habituales e inofensivos” para el vecindario. Los tribunales determinaron que un híbrido de serval, por muy domesticado que parezca, no cumple ninguno de estos dos requisitos. Su naturaleza impredecible y su considerable fuerza física lo sitúan en una categoría que requiere permisos especiales e instalaciones de seguridad, algo inviable en una vivienda standard.
La popularidad de razas híbridas como el Savannah, impulsada por famosos como Justin Bieber y con precios que pueden superar los 10.000 euros, choca frontalmente con un marco legal complejo. En Alemania, las generaciones F1 a F4 (las más cercanas al serval) están estrictamente reguladas. Solo a partir de la quinta generación (F5) son consideradas, legalmente, gatos domésticos. Esta situación no es exclusiva de Alemania. En España, por ejemplo, la tenencia de un Savannah F1 como animal de compañía está generalmente prohibida, al ser considerado una especie exótica invasora. Solo en condiciones muy específicas (como su residencia en un zoológico, castración y revisiones veterinarias obligatorias) se permite su presencia.
Para los dueños de Muffin, el fallo del tribunal administrativo de Düsseldorf supone el desenlace de una batalla legal que han perdido sin posibilidad de apelación. La orden de separarse de su compañero en un plazo de dos semanas es irrevocable. Su caso no es solo la triste historia de una mascota y su familia, sino un recordatorio de las consecuencias de adquirir animales que, pese a nacer en cautividad, llevan impresa en sus genes la inconfundible —y a menudo incompatible— marca de lo salvaje. La ley, en esta ocasión, ha primado la seguridad y la normativa sobre el vínculo emocional, dejando a Muffin en un limbo legal y a sus dueños con el vacío de una pérdida forzosa.





