El sistema internacional atraviesa uno de sus momentos más tensos desde el final de la Guerra Fría. Durante décadas, el orden global se sustentó —al menos en el discurso— en normas jurídicas internacionales, instituciones multilaterales y en la idea de que la fuerza militar debía ser el último recurso. Sin embargo, los conflictos recientes han alimentado la percepción de que esas reglas se están debilitando frente a la lógica del poder duro. Las decisiones de líderes como Vladimir Putin, Benjamin Netanyahu y Donald Trump suelen mencionarse dentro de este debate porque simbolizan, para muchos analistas, una etapa en la que la fuerza militar, la presión económica y la confrontación directa han vuelto a ocupar el centro de la política internacional.
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, el mundo entró en un periodo dominado por la influencia de Estados Unidos y por instituciones como la Organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio. Este sistema se apoyaba en normas como la prohibición de adquirir territorios por la fuerza y el respeto a la soberanía de los Estados.
Sin embargo, ese modelo ha sufrido un desgaste progresivo. Guerras regionales, rivalidades entre potencias y el ascenso de nuevos actores han fragmentado la autoridad de las instituciones multilaterales. El resultado es un sistema internacional más competitivo, donde los Estados recurren cada vez más a la coerción —militar, tecnológica o económica— para defender sus intereses.
Uno de los hechos que más ha sacudido ese orden fue la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022, un conflicto ligado a la trayectoria política de Vladimir Putin. La guerra puso en cuestión uno de los principios fundamentales del sistema internacional: la integridad territorial de los Estados.
El conflicto, relacionado con la ampliación de la OTAN y con disputas históricas entre Moscú y Kiev, ha demostrado que las potencias aún están dispuestas a recurrir a la guerra convencional a gran escala para redefinir fronteras o zonas de influencia. También evidenció las limitaciones del sistema internacional para detener un conflicto cuando uno de los actores es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
En Oriente Medio, la guerra entre Israel y grupos armados palestinos ha intensificado la discusión sobre el uso de la fuerza en conflictos prolongados. Las decisiones del gobierno de Benjamin Netanyahu, especialmente en el marco del conflicto en Gaza tras los ataques de Hamás en 2023, han generado fuertes debates sobre proporcionalidad, derecho internacional humanitario y seguridad nacional.
Para Israel, la prioridad estratégica ha sido neutralizar amenazas existenciales en un entorno regional complejo. Pero para muchos críticos, la intensidad de las operaciones militares y sus efectos humanitarios reflejan cómo, en situaciones de conflicto prolongado, la lógica de seguridad puede desplazar los límites normativos del derecho internacional.
El papel de Estados Unidos también ha cambiado en este escenario. Durante su presidencia, Donald Trump impulsó una política exterior basada en el principio “America First”, cuestionando acuerdos multilaterales, presionando aliados y utilizando sanciones económicas como herramienta central de política exterior.
Aunque Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del mundo, su liderazgo global se ha vuelto más disputado. Potencias como China y Rusia buscan ampliar su influencia, mientras que aliados tradicionales de Washington adoptan posiciones más autónomas.
Lo que emerge hoy es un sistema internacional más cercano a una multipolaridad inestable. Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea, India y potencias regionales compiten por influencia en ámbitos que van desde la seguridad militar hasta la tecnología y el control de recursos estratégicos.
En este contexto, la fuerza ya no se expresa únicamente en el campo de batalla. También se manifiesta a través de sanciones económicas, guerras comerciales, ciberataques, control de cadenas de suministro y disputas tecnológicas.
El problema central que enfrentan las reglas internacionales es que dependen de la voluntad política de los Estados para aplicarse. Cuando las grandes potencias consideran que sus intereses vitales están en juego, las normas suelen quedar subordinadas a la lógica de seguridad o poder.
Por eso, muchos analistas consideran que el mundo está entrando en una etapa de transición: el orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial y consolidado tras la Guerra Fría muestra signos de desgaste, pero todavía no existe un nuevo sistema capaz de reemplazarlo.
El escenario más probable en los próximos años no es necesariamente el colapso del orden internacional, sino una etapa de competencia prolongada entre potencias, conflictos regionales recurrentes y una negociación constante entre fuerza y diplomacia.
En otras palabras, el mundo parece regresar a una realidad histórica que ya había experimentado antes: las reglas internacionales existen, pero su eficacia depende en gran medida del equilibrio de poder entre los Estados que las deben respetar. Cuando ese equilibrio se altera, las normas se vuelven frágiles y la política internacional vuelve a girar alrededor de la misma pregunta que ha marcado la historia durante siglos: quién tiene el poder para imponer los límites.
Lo más grave para la humanidad es que hoy en día se usan armas de destrucción masiva y en uno de esos ataques de poder irrefrenable como los de Trump, se den acciones militares de no retorno, con las consecuencias fatales que se han temido desde la bomba atómica lanzada con Japón para el fin de la Segunda Guerra Mundial.






