El terrible bullyn: ¿y si quien acosa es su hija o su hijo?

Parecía una niña tonta con su melena rubia hasta la barbilla*. Así le dijo un compañero de equipo a mi hijo de ocho años, y se río. Al oírlo, sentí una indignación que me quemaba el pecho. ¿Cómo explicarle algo tan cruel en un país donde el machismo sigue definiendo la niñez? En Colombia, donde el 70% de los niños reporta haber sufrido burlas por su apariencia según el ICBF, no es solo un comentario: es el inicio de un ciclo de violencia que vemos en patios bogotanos, canchas de barrio y aulas costeñas.

Primero, abracé a mi hijo, que luchaba por no llorar. Su pelo largo, esa melena preciosa que tanta cuida, ahora quería cortarla de inmediato. ¿Por dónde empezar? ¿Con lo absurdo de usar “niña” como insulto, en una cultura donde ser hombre significa ser rudo y sin adornos? ¿O con por qué los niños se burlan, reproduciendo lo que ven en casa, en el fútbol o en TikToks machistas? En América Latina, el bullying por estereotipos de género afecta al 40% de los menores, según UNICEF, y en Colombia suma 500.000 casos anuales en escuelas, con picos en ciudades como Bogotá y Medellín.

Recordé una historia similar de una madre colombiana en redes: su hijo, fan de personajes rosados ​​como en “Frozen”, fue acosado en el colegio hasta esconder su gusto por brillos y unicornios. ¿Se da cuenta el bully del daño? ¿Sabía que ese niño que su burla en el baño del cole —como cuenta una columnista alemana adaptando su experiencia— podría derivar en ansiedad o depresión? Aquí, el Ministerio de Educación informa que el acoso escolar contribuye al 25% de los trastornos mentales en adolescentes, cifras que explotan después de la pandemia.

Pero el giro duele más: ¿y si el acosador es hijo de un amigo? Como esa madre alarmada que descubrió que su propio niño lideraba burlas para “ganarse” amigos en quinto. En Colombia, programas como “Escuelas Amigas de la Niñez” del ICBF buscan esto: no solo consolar víctimas, sino educar acosadores. “La buena crianza no evita errores, sino enseña que la fuerza es silenciosa, no seguir a la manada”, reflexiona ella. En el Menéndez Pelayo de Bogotá, por ejemplo, usan círculos de diálogo para que los conflictos se resuelvan sin esconderlos, fomentando la empatía en vez de peleas.

Nuestros niños se enfrentan a una época de ostentación tóxica: peleas en WhatsApp, menosprecios en el fútbol. Expertos como Quentin Gärtner, en planes globales, proponen protocolos contra la discriminación; en Colombia, instan a implementarlos. Visité una escuela en el Barrio 20 de Julio donde profes y psicólogos intervienen proactivamente: dejan que los pleitos fluyan para aprender, previniendo violencia mayor.

Espacio para padres colombianos: ¿Cómo evitamos que una “niña tonta” se convierta en trauma? Abracemos el dolor primero, hablemos de machismo sin filtros y eduquemos en empatía. Porque en Latinoamérica, donde el 60% de los niños sufre bullying, la valentía está en criar hijos libres de estereotipos.

*Historia real cuyos protagonistas se mantienen anónimos por protección de menores de edad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *