¿Hay “sobrediagnóstico” en casos de autismo? Le contamos de qué se trata.

La escena se repite en muchos hogares, aunque cada familia la viva de manera distinta. La historia fue investigada por el diario La Nación de Argentina. Paulo Morales lo recuerda como un momento bisagra. Su hijo Julián acababa de comenzar la sala de 2 cuando una citación inesperada desde el jardín cambió su mirada para siempre. No se trataba de una actividad escolar ni de una reunión de rutina. Al ingresar al aula, Morales advirtió que mientras los demás niños seguían consignas simples, Julián parecía habitar otro ritmo: caminaba sin rumbo fijo, observaba sus manos, se movía en puntas de pie y buscaba estímulos frente al espejo.

“En ese instante no comprendía nada. Solo veía a mi hijo haciendo todo distinto”, recuerda. Al principio apareció la negación. El diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) llegó más tarde, tras un largo recorrido, pero la aceptación fue aún más lenta. “Como padre, me llevó años elaborar ese duelo”, admite. Con el tiempo, esa experiencia personal derivó en acción colectiva: Morales fundó la Asociación Civil TEActiva, con el objetivo de visibilizar el autismo y promover información confiable. Hoy, Julián tiene 10 años y su historia sirve como punto de partida para reflexionar sobre un fenómeno que dejó de ser exclusivamente individual.

Las cifras disponibles indican que los diagnósticos de TEA están en aumento a nivel mundial. En Estados Unidos, datos del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) muestran un crecimiento sostenido: de 6,7 casos cada 1000 niños de 8 años en 2000, se pasó a 23 en 2018 y a 32,2 en 2022.

En la Argentina, según el Ministerio de Salud, 148.710 personas cuentan con un Certificado Único de Discapacidad (CUD) por autismo. Sin embargo, desde la propia cartera reconocen la falta de un registro específico que permita dimensionar con mayor precisión el alcance real del TEA en el país. Este incremento, advierten especialistas, suele alimentar debates atravesados por la desinformación y la polarización, lo que dificulta un abordaje serio de una condición que presenta múltiples matices.

Educación, estrés cotidiano, alimentación, estilos de crianza, uso intensivo de pantallas, sobreestimulación y prácticas diagnósticas más amplias aparecen entre los factores que se analizan para explicar el crecimiento de los diagnósticos. No obstante, los expertos coinciden en un punto clave: ninguno de estos elementos, por sí solo, causa autismo. Se trata de una interacción compleja entre una base neurobiológica preexistente —mayormente genética— y factores ambientales tempranos que pueden influir en cómo se expresa el cuadro.

“El autismo hoy es mucho más que un diagnóstico clínico; es un fenómeno social”, sostiene el neuropsiquiatra infantojuvenil Christian Plebst. En su mirada, el aumento de casos interpela a una sociedad acelerada, sobreestimulada y cada vez más desconectada del juego, el vínculo y los tiempos del desarrollo infantil.

Desde una perspectiva médica, el neurólogo Alejandro Andersson subraya que el TEA siempre tiene una base neurobiológica, aunque se exprese de maneras muy diversas. Advierte, además, sobre el riesgo de diagnósticos apresurados o imprecisos. “No todo retraso del lenguaje, dificultad social o problema sensorial es autismo”, señala. Cuando todo se etiqueta bajo el mismo nombre, se pierde precisión clínica y se limitan las intervenciones adecuadas.

En la misma línea, Ángeles Schteinschnaider, jefa de Neuropediatría de FLENI, remarca que el autismo es un trastorno del neurodesarrollo poligénico y multifactorial. “No hay evidencia sólida de que factores ambientales por sí solos puedan originar TEA sin una base biológica previa”, explica.

Los especialistas coinciden en que el diagnóstico requiere rigurosidad y evaluación integral. Las señales clave incluyen dificultades persistentes en la comunicación social, menor reciprocidad emocional y patrones de conducta repetitivos con impacto funcional claro.

“El autismo no se cura”, aclara Schteinschnaider, pero enfatiza que las intervenciones tempranas, personalizadas y basadas en evidencia pueden modificar significativamente la trayectoria del desarrollo, mejorar la autonomía y reducir el sufrimiento familiar. Morales lo resume desde su experiencia como padre: “Un chico con autismo no tiene límites en su aprendizaje, solo va a otro ritmo. Cuando respetás ese ritmo y acompañás, las cosas empiezan a ordenarse”.

El aumento de diagnósticos también reavivó viejas polémicas, como la supuesta relación entre vacunas y autismo. La comunidad científica es categórica: no existe evidencia que respalde esa asociación. La teoría surgió de un estudio fraudulento publicado en 1998 y posteriormente retirado, cuyo autor perdió su licencia médica.

El infectólogo Roberto Debbag explica que muchas familias asocian erróneamente la vacunación con la aparición de síntomas simplemente por una coincidencia temporal. “Eso no implica causalidad. Hoy, la relación entre vacunas y autismo está completamente desacreditada desde el punto de vista científico”, afirma.

Lejos de explicaciones cómodas o culpables únicos, los expertos llaman a abordar el TEA desde la complejidad: diagnósticos diferenciales, información basada en evidencia y una revisión crítica de hábitos contemporáneos que pueden impactar en el desarrollo infantil. El consenso es claro: simplificar el autismo no solo confunde, sino que también retrasa el acompañamiento adecuado que miles de niños y familias necesitan.

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