La historia nunca es como la pintan: ¿Por qué hay mujeres iraníes que adoran el régimen islámico y hombres que quieren su abolición?

En el imaginario internacional, la imagen más repetida de Irán suele ser la de mujeres enfrentadas al régimen teocrático que gobierna el país desde 1979. Las protestas, los velos quemados en la calle y los gritos de “Mujer, vida, libertad” han dado la vuelta al mundo en los últimos años. Sin embargo, la realidad social iraní es más compleja de lo que muchas veces se muestra: mientras miles de mujeres se oponen al sistema de los ayatolás, también existen otras que lo respaldan con convicción. Al mismo tiempo, no pocos hombres —algunos religiosos, otros seculares— se han convertido en críticos del mismo régimen que históricamente ha sido presentado como una estructura de poder masculina.

La paradoja refleja las profundas divisiones políticas, religiosas y generacionales que atraviesan a la sociedad iraní.

Irán se convirtió en una república islámica tras la Revolución iraní, que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlavi y llevó al poder al clérigo chií Ruhollah Khomeini. Desde entonces, el país funciona bajo un sistema político singular: una mezcla de instituciones republicanas y autoridad religiosa.

El máximo poder lo ostenta el líder supremo, figura que actualmente ocupa Ali Khamenei, sucesor de Khomeini. Bajo este modelo, la ley se basa en interpretaciones del islam chií, lo que ha derivado en estrictas normas sociales, entre ellas la obligatoriedad del hiyab para las mujeres en espacios públicos.

Durante décadas, las políticas del régimen han sido criticadas por organizaciones de derechos humanos por limitar libertades civiles, especialmente las de las mujeres. Pero dentro de Irán el apoyo al sistema sigue existiendo en sectores importantes de la población.

Contrario a la percepción dominante en Occidente, muchas mujeres iraníes participan activamente en estructuras que respaldan al gobierno. Algunas forman parte de organizaciones vinculadas al Estado, como la milicia voluntaria Basij, que moviliza a ciudadanos para actividades sociales, religiosas y políticas.

Entre las defensoras del régimen se encuentran mujeres religiosas que consideran que las normas islámicas protegen la moral y la identidad cultural del país. Para ellas, el uso obligatorio del velo o la segregación en ciertos espacios no es necesariamente una imposición, sino un principio de fe.

Investigaciones de sociólogos iraníes señalan que este apoyo suele ser más fuerte en sectores conservadores, zonas rurales o familias vinculadas al aparato estatal. Muchas de estas mujeres también destacan avances que consideran importantes: acceso masivo a la educación, presencia femenina en universidades y participación en algunos espacios laborales. De hecho, según estadísticas oficiales, más del 50 % de los estudiantes universitarios en Irán son mujeres, un dato que el gobierno suele citar para defender su modelo.

Mientras tanto, el descontento con el sistema no se limita a las mujeres. Numerosos hombres iraníes —sobre todo jóvenes urbanos— han manifestado públicamente su rechazo a las restricciones políticas y sociales.

Las protestas que estallaron en 2022 tras la muerte de **Mahsa Amini**, una joven detenida por la policía moral por supuestamente usar mal el velo, evidenciaron ese fenómeno. Las manifestaciones, consideradas entre las más grandes en años, reunieron a hombres y mujeres bajo consignas contra el gobierno. Amini había sido arrestada por la llamada **Gasht-e Ershad**, encargada de vigilar el cumplimiento de códigos de vestimenta islámicos. Su muerte desató protestas en decenas de ciudades.

En esas movilizaciones, muchos hombres marcharon junto a mujeres, denunciando no solo las restricciones sobre el vestuario femenino, sino también la falta de libertades políticas, la crisis económica y el aislamiento internacional del país. Analistas señalan que parte de ese malestar se explica por el desempleo juvenil, la inflación y las sanciones internacionales que pesan sobre Irán desde hace años.

Los especialistas coinciden en que el debate sobre el régimen refleja una brecha generacional. Los sectores que vivieron la revolución de 1979 tienden a valorar el sistema que surgió de ella, mientras que muchos jóvenes nacidos décadas después cuestionan sus bases.

Irán tiene una población relativamente joven: una gran parte de los ciudadanos nació después de la revolución. Esa generación creció conectada a internet, expuesta a culturas globales y con aspiraciones sociales diferentes. Sin embargo, el apoyo o rechazo al sistema no siempre sigue líneas simples de género o edad. Existen mujeres profundamente críticas del régimen y hombres que lo defienden, así como mujeres que lo apoyan y hombres que lo cuestionan.

Para observadores internacionales, esta mezcla de posiciones puede resultar contradictoria. Pero dentro de Irán refleja la diversidad ideológica de una sociedad marcada por religión, historia y política.

Mientras algunas mujeres ven en el régimen islámico un modelo que protege valores tradicionales, otras lo consideran una estructura que limita sus libertades. De igual forma, entre los hombres hay quienes defienden el sistema religioso y quienes piden transformaciones profundas.

En medio de ese debate permanente, Irán sigue siendo uno de los escenarios más complejos del mundo cuando se trata de entender cómo se entrecruzan religión, poder y derechos sociales. Y, como muestran las propias voces dentro del país, la discusión sobre el futuro del régimen dista mucho de ser una cuestión resuelta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *