Las ausencias en San Valentín ¡mucho más que dolores emocionales! Le contamos por qué.

El pódcast Chasing Life, conducido por el neurocirujano y divulgador Sanjay Gupta, suele explorar los misterios de la salud humana desde la ciencia. Con motivo de San Valentín, uno de sus episodios abordó un tema menos romántico pero universal: el dolor de la pérdida afectiva y sus efectos reales en el cuerpo.

Aunque la fecha se asocia con el amor, para muchas personas funciona como recordatorio de vínculos rotos, duelos o ausencias. Diversos estudios estiman que la gran mayoría de la población atravesará al menos una ruptura significativa a lo largo de su vida. Ese sufrimiento no se limita al plano emocional: puede traducirse en síntomas físicos como opresión en el pecho, insomnio, fatiga o falta de apetito.

El psiquiatra y neurocientífico Yoram Yovell sostiene que el dolor por la pérdida de un ser querido suele ser una de las experiencias más intensas que puede atravesar una persona. Desde su trabajo clínico en el Centro Médico Hadassah y su propia biografía —marcada por la muerte de su padre cuando era adolescente—, defiende que el sufrimiento afectivo activa circuitos cerebrales similares a los del dolor físico.

Otros especialistas coinciden. La neurocientífica social Naomi Eisenberger, de la Universidad de California en Los Ángeles, ha demostrado mediante resonancias magnéticas que el rechazo amoroso estimula regiones cerebrales vinculadas al dolor corporal, como la corteza cingulada anterior. Según sus investigaciones, el cerebro interpreta la exclusión social como una amenaza para la supervivencia, lo que explica por qué “romper el corazón” puede sentirse literalmente doloroso.

Por su parte, la antropóloga biológica Helen Fisher, conocida por sus estudios sobre el amor romántico, señala que una ruptura activa los sistemas de recompensa del cerebro de manera similar a la abstinencia de sustancias adictivas. La ausencia de la persona amada provoca un descenso brusco de dopamina y oxitocina, hormonas relacionadas con el placer y el apego, lo que genera ansiedad, obsesión y tristeza profunda.

Aun así, los expertos subrayan que el aislamiento —una reacción común tras una pérdida— suele prolongar el sufrimiento. La conexión social, en cambio, actúa como un amortiguador biológico. El contacto con personas cercanas puede estimular la liberación de endorfinas y oxitocina, sustancias que reducen el estrés y favorecen la recuperación emocional.

El psicólogo clínico Guy Winch advierte que la sociedad tiende a minimizar el impacto del desamor, a pesar de sus efectos comprobados en la salud mental. En su opinión, hablar del tema, mantener rutinas y reconstruir redes de apoyo son estrategias clave para sanar.

Lejos de ser una señal de debilidad, el dolor afectivo cumple una función evolutiva: nos empuja a preservar los vínculos que garantizan cooperación, cuidado y pertenencia. En palabras de Yovell, ese sufrimiento sería el precio inevitable de la capacidad humana de amar.

Con el tiempo, coinciden los especialistas, el cerebro se adapta y abre espacio a nuevos lazos. La experiencia puede dejar cicatrices, pero también resiliencia. Porque, aunque el corazón pueda romperse, también posee una notable capacidad para repararse.

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