Mientras en ciudades como Miami, Madrid, Bogotá o Santiago cientos de venezolanos han salido a las calles para celebrar la caída de Nicolás Maduro, dentro de Venezuela el ambiente es radicalmente distinto. En Caracas, Maracaibo y otras grandes urbes del país, el festejo opositor prácticamente no existe en el espacio público. Predominan el silencio, el miedo y una profunda sensación de incertidumbre tras la ofensiva militar de Estados Unidos que culminó con la captura del mandatario y su esposa, Cilia Flores.
Lejos de escenas de júbilo, lo que se percibe en el país es una población resguardada. Muchos venezolanos prefieren permanecer en sus hogares, limitar sus desplazamientos y observar con cautela los acontecimientos que se desarrollan tanto dentro como fuera del país. El temor a represalias, combinado con el escepticismo sobre un cambio real de poder, explica en gran medida la ausencia de celebraciones visibles.
“La estructura represiva sigue intacta”, relató a Univisión Noticias un residente de una comunidad empobrecida del norte de Maracaibo. “Aquí nadie salió a celebrar. La gente está encerrada, abasteciéndose y muy pendiente de lo que pasa, pero con miedo”. El hombre, de unos 40 años, sostuvo que la caída de Maduro no implicó el desmantelamiento del aparato que sostuvo al chavismo durante más de una década. “Siguen en la misma onda represiva”, advirtió.
La cautela no es infundada. A través de redes sociales y comunicaciones privadas, se ha reportado un incremento de la vigilancia y las requisas por parte de civiles armados progubernamentales —conocidos como colectivos— en distintas zonas de Caracas. Además, al menos 14 periodistas, en su mayoría extranjeros, fueron arrestados en la capital en los días posteriores a la incursión militar.
Pero el miedo no es el único factor que explica el silencio. Para muchos venezolanos, la captura de Maduro no significó una ruptura real con el régimen. El poder quedó en manos de figuras clave del chavismo, comenzando por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora presidenta encargada.
“Una cosa es capturar a Maduro y otra muy distinta es desmontar el régimen que él encabezaba”, explicó el sociólogo Juan Manuel Trak. “La estructura política, militar y policial permanece. Maduro era un árbitro entre facciones, pero su ausencia no significó la caída del sistema”. Según Trak, el temor a la cárcel, a los colectivos y a las represalias selectivas sigue plenamente vigente, en una sociedad marcada por años de violencia política.
La madrugada de la operación estadounidense dejó al país paralizado. Bombardeos selectivos sobre objetivos militares, aeronaves extranjeras sobrevolando Caracas y la captura del jefe del Estado en cuestión de horas provocaron una mezcla de asombro, desconcierto y temor.
“Fue un shock colectivo”, relató una profesora universitaria de sociología política que pidió mantener su identidad en reserva. “En minutos, todo el país estaba despierto. Había cansancio, incredulidad e incertidumbre”. Tras el impacto inicial, explicó, predominó el miedo a quedar atrapados en una escalada de violencia y a la represión interna. “Se llevaron a la cabeza del gobierno, pero el sistema sigue intacto”.
El recuerdo de las protestas posteriores a las elecciones presidenciales de julio de 2024 sigue muy presente. Aquellas manifestaciones dejaron más de 2,000 detenidos, denuncias de torturas, cientos de heridos y al menos 24 muertos, según organismos independientes. Ese antecedente pesa hoy sobre cualquier intento de expresión pública de celebración o protesta.
El control no se ejerce únicamente a través de las fuerzas de seguridad. En barrios y urbanizaciones, vecinos identificados con el chavismo actúan como informantes. “Cada jefe de calle podía ser un delator”, recordó la académica, aludiendo a los mecanismos de vigilancia comunitaria y herramientas digitales creadas por el oficialismo para identificar a presuntos opositores.
En los días posteriores a la incursión, el transporte público se redujo drásticamente. Muchos pequeños comercios no abrieron, mientras que supermercados, farmacias y estaciones de servicio operaron a media máquina. “La prioridad fue comprar alimentos básicos, no salir a celebrar”, explicó.
La juramentación de Delcy Rodríguez reforzó la percepción de que no habrá cambios sustanciales ni una transición democrática inmediata, pese a las expectativas expresadas desde Washington. “El gobierno es una fiera herida”, afirmó una dirigente nacional de la oposición. “No sentimos que vayan a moderarse. Todo indica que mantendrán el statu quo”.
Activistas opositores denuncian estar plenamente identificados por los organismos de inteligencia. Circularon amenazas en redes y aplicaciones de mensajería, y en algunos estados ya se produjeron arrestos. En Mérida, dos hombres de más de 60 años fueron detenidos tras ser denunciados por celebrar la captura de Maduro, acusados de alterar el orden público.
El decreto de Estado de Conmoción Exterior profundizó el temor. Uno de sus artículos ordena la captura de cualquier persona que promueva o apoye la operación militar estadounidense. “Maduro y Cilia están presos, pero el resto sigue mandando como siempre”, dijo una joven caraqueña. “Aquí no ha cambiado nada”.
Para muchos venezolanos, el silencio no es solo una estrategia de supervivencia. También es una expresión de desencanto. Tras años de promesas incumplidas, represión y violencia, la caída de una figura no parece suficiente para devolver la esperanza. “La gente no solo tiene miedo”, concluyó la joven. “También está desilusionada”.





