Lo que nació como una revolución en directo, ante las cámaras de ‘El Chiringuito’, se ha apagado con la discreción de un comunicado conjunto. Entre el 18 de abril de 2021 y el 11 de febrero de 2026 han transcurrido 58 meses. Los suficientes para que el sueño de Florentino Pérez recorriera todas las fases del mito: la euforia inicial, la desbandada, la resistencia solitaria y, finalmente, el ocaso.
El Real Madrid, último bastión de un proyecto que llegó a agrupar a doce grandes de Europa, ha firmado la paz con la UEFA. El enemigo íntimo se ha convertido en aliado sobre el papel. El comunicado, escueto y medido, habla de entendimiento, de mérito deportivo y de sostenibilidad. No menciona la palabra derrota, pero certifica el fin de la partida.
La secuencia del desmoronamiento ha sido lenta pero implacable. Los seis clubes ingleses y el Atlético de Madrid fueron los primeros en saltar del barco antes de que pasaran 24 horas. Detrás, uno a uno, fueron cayendo Milán, Inter y Juventus. El pasado sábado fue el Barcelona quien consumó su desvinculación oficial, dejando al Real Madrid en una soledad que ya no era heroica, sino estratégicamente insostenible.
Sin embargo, en las entrañas del Bernabéu no se admite el fracaso. Allí prefieren verlo como una victoria póstuma. Sostienen que, sin su insistencia casi quijotesca, la UEFA jamás habría tocado una sola ficha del viejo formato de la Champions. El aumento a 36 equipos, los ocho partidos de fase inicial y la inyección económica del 30% son, a su juicio, trofeos arrancados al statu quo. «La UEFA no podía vivir sin el Madrid», repiten con la misma convicción con la que recuerdan las críticas que sufrió Santiago Bernabéu al alumbrar la Copa de Europa.
Hubo momentos en los que la Superliga pareció resucitar. La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en diciembre de 2023, declaró ilegal el monopolio de la UEFA. Un año después, la Audiencia Provincial de Madrid refrendó el dictamen. Pero ni la justicia ni las siete reuniones mantenidas durante 2025 lograron darle vida al proyecto. La demanda de 4.000 millones que A22 presentó contra la UEFA en noviembre fue, paradójicamente, el principio del fin. Aquella querella feroz acabó acercando a las partes a una mesa de negociación de la que hoy emerge este acuerdo de principios.
Quedan flecos por atar. El Madrid, fiel a su obsesión por la democratización del fútbol televisado, exige que la Champions sea gratuita para el espectador, replicando el modelo del último Mundial de Clubes. La mención a la «experiencia de los aficionados mediante el uso de la tecnología» que recoge el comunicado es, en realidad, una declaración de intenciones hacia ese horizonte. También reclama que los ingresos de los clubes sigan creciendo en próximas ediciones y que el formato no sea estático, sino revisable temporada tras temporada. Al final, Florentino ha tirado la toalla. Pero lo ha hecho arrancando concesiones, retirando la batalla legal y asegurándose de que, en el relato, nadie pueda llamar a esto una rendición. La Superliga, esa idea que nunca llegó a materializarse, queda definitivamente sepultada. Sus restos, sin embargo, se asoman ya al nuevo rostro de la Champions





