Un conjunto de elementos químicos descubiertos en Suecia en el siglo XVIII, conocidos como tierras raras, se ha convertido en el eje de una nueva competencia global por el control tecnológico y energético. Este grupo está formado por 17 elementos —entre ellos el disprosio, el neodimio y el cerio— esenciales para la fabricación de dispositivos electrónicos, vehículos eléctricos, turbinas eólicas y equipos de defensa.
Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), en 2024 se estimaban más de 110 millones de toneladas de estos minerales en el planeta. China concentra la mayor parte, con 44 millones de toneladas, seguida de Vietnam (22 millones), Brasil (21 millones), Rusia (10 millones) e India (7 millones).
Cada elemento cumple una función específica: el europio es clave en pantallas de televisión, el cerio en el pulido de vidrio, y el lantano en catalizadores automotrices. El neodimio y el disprosio permiten fabricar imanes permanentes de alto rendimiento, vitales para las turbinas eólicas marinas. Por su papel en tecnologías limpias, las tierras raras son consideradas la base de la transición energética global.
Investigaciones de la Universidad Nacional de Colombia han identificado concentraciones de tierras raras y otros metales como galio y germanio en carbones de Boyacá, Cundinamarca, Antioquia y Caldas. En algunas zonas, los niveles de galio superan ampliamente el promedio mundial. La empresa canadiense Auxico Resources lidera el proyecto Minastik en Vichada, cerca de Puerto Carreño, con el objetivo de posicionarse como uno de los primeros desarrollos de extracción de tierras raras a nivel nacional y global.
El dominio chino en este sector no responde solo a su riqueza mineral. Pekín desarrolló una estrategia industrial sostenida por inversión pública, creando una amplia red de refinación y procesamiento. Actualmente, posee la mayoría de las patentes y las capacidades tecnológicas asociadas a estos materiales, lo que genera una dependencia crítica de Estados Unidos y sus aliados.
Esa hegemonía ha provocado tensiones comerciales. En octubre, China anunció restricciones a la exportación de tierras raras, lo que fue interpretado en Washington como un intento de presión geopolítica. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, calificó la medida como “un error” y advirtió que Pekín había mostrado al mundo “el riesgo de depender en exceso de un solo proveedor”.
Tras semanas de fricciones, los presidentes Xi Jinping y Donald Trump se reunieron en Corea del Sur durante la cumbre de la APEC y acordaron suspender temporalmente esas restricciones durante un año. Las medidas chinas habían alterado los mercados internacionales y afectado las cadenas de suministro de industrias clave.
Mientras tanto, los países del G7 anunciaron 26 nuevos proyectos destinados a disminuir el dominio de China en la cadena global de minerales críticos. El ministro canadiense de Energía, Tim Hodgson, afirmó que el bloque está “comprometido con diversificar la producción y reducir la concentración del mercado”.
Los acuerdos, alcanzados en Toronto, buscan construir sistemas integrados de suministro “desde la mina hasta el imán”. Aunque Estados Unidos aún no se ha sumado a proyectos específicos, el secretario de Energía Chris Wright aseguró que el gobierno de Trump está alineado con sus socios del G7 para “establecer una capacidad independiente de extracción y refinación”. En paralelo, la primera ministra japonesa Sanae Takaichi y Donald Trump firmaron en Tokio un acuerdo para garantizar el suministro de minerales críticos y tierras raras, considerados esenciales para las industrias tecnológicas y de defensa.
En África oriental, la competencia por estos minerales también se intensifica. En Mrima Hill, una colina boscosa de 157 hectáreas en la costa de Kenia, se han descubierto depósitos de tierras raras valorados en 62.400 millones de dólares, según la minera Cortec Mining Kenya. El yacimiento contiene también niobio, metal utilizado para fortalecer el acero.
El interés de China y Estados Unidos por este sitio refleja la creciente carrera global por asegurar recursos estratégicos, especialmente en un contexto de tensiones comerciales y políticas. Washington ha incluido el acceso a minerales críticos dentro de su estrategia diplomática en África, buscando consolidar acuerdos en países ricos en recursos como la República Democrática del Congo.





