¿Se salvó Boca Juniors? Marino Hinestroza decepciona a hinchas y periodistas en Brasil.

En el fútbol sudamericano existe una extraña categoría de futbolistas que transitan el camino inverso al de la lógica: primero generan rumor, después interés, luego negociación frustrada y, finalmente, concretan un destino alternativo que, con el correr de los días, se encarga de poner cada cosa en su lugar. Marino Hinestroza, flamante incorporación de Vasco da Gama, parece inscribirse en esa nómina.

Apenas tres presentaciones oficiales con el conjunto brasileño han bastado para que el extremo colombiano empiece a recibir los primeros cuestionamientos. Veintisiete minutos frente a Madureira. Diez ante Chapecoense. Dieciséis contra Botafogo. Suma: 53 minutos. Contribución ofensiva: cero goles, cero asistencias, cero jugadas determinantes. El hincha vascaíno, ese mismo que recibió con expectativa moderada al ex Atlético Nacional, ya asoma el ceño fruncido.

Pero la noticia no debería leerse solo desde Río de Janeiro. Como suele ocurrir en este ecosistema futbolístico hiperconectado, el presente de Hinestroza en Brasil resuena con eco inmediato del otro lado del Río de la Plata, allí donde el nombre del colombiano sonó con insistencia durante los últimos mercados de pases como posible refuerzo de Boca Juniors. La pregunta emerge con incomodidad: ¿se salvó el Consejo de Fútbol xeneize de otra contratación fallida?

Lo cierto es que el paso de Hinestroza por Brasil comenzó con un guion que, para los analistas más escépticos, resultaba predecible. Llegó como una apuesta de presente y futuro, un jugador de perfil enérgico, encarador, de esos que habitan el imaginario romántico del fútbol de potrero. Pero la energía, cuando no está canalizada en productividad, se convierte rápidamente en ansiedad. Y la ansiedad, en un entorno tan demandante como el fútbol brasileño, es pecado capital.

Fernando Diniz, entrenador de Vasco, salió esta semana a blindar a su dirigido. “Creo que tiene cierta ansiedad, incluso por su perfil; es un jugador muy enérgico e incisivo al que le gusta mucho enfrentarse a los rivales. Lo que está pasando es normal”, declaró en conferencia. Las palabras del técnico, sin embargo, suenan más a deseo que a certeza. Porque en el fútbol brasileño —vale recordarlo— la paciencia es un bien escaso y el rendimiento, una exigencia innegociable.

El propio Diniz reconoció que Hinestroza necesita tiempo. El problema es que el tiempo no abunda cuando tu equipo compite simultáneamente en dos frentes y cada ingreso desde el banco debe justificarse con acciones concretas. El extremo colombiano aún no ha logrado siquiera aproximarse a esa justificación.

Durante los últimos meses, mientras Juan Román Riquelme y su Consejo deliberaban sobre nombres para reforzar los costados del ataque, el apellido Hinestroza emergió en más de una ocasión. No hubo oferta formal, no hubo negociación avanzada, pero sí existió el rumor persistente, esa neblina especulativa que en Boca adquiere categoría de noticia.

Hoy, observando los primeros pasos del colombiano en Brasil, en Brandsen 805 deben exhalar con disimulo. Porque si algo ha caracterizado la gestión actual del club es una peligrosa propensión a contratar sobre la base del nombre, el eco mediático o una convincente edición de video. Y los resultados están a la vista: apuestas millonarias que nunca encontraron su nivel, cesiones prematuras, pérdidas patrimoniales.

El caso Hinestroza tenía todos los condimentos para sumarse a esa lista. Un jugador de 22 años con apenas una temporada destacada en Atlético Nacional, sin rodaje internacional consistente, acostumbrado a ser la estrella en equipos que le cedían el protagonismo. Su arribo a Vasco, club en reconstrucción permanente, ya suponía un desafío mayúsculo. ¿Qué habría sido de él en Boca, donde la exigencia multiplica por diez cualquier parámetro?

Es justo preguntarse si lo que vemos en Hinestroza es simplemente el proceso normal de adaptación de un futbolista joven que cambia de país, idioma, cultura futbolística y compañeros. También sería honesto reconocer que 53 minutos no constituyen una muestra estadísticamente significativa para sentenciar su fracaso.

Pero el fútbol contemporáneo no se rige por la estadística sino por la percepción inmediata. Y la percepción, en este arranque, es que Hinestroza ingresa a la cancha con una energía desbordante que no encuentra destino productivo. Corre, encara, exige la pelota, pero sus decisiones suelen ser las de un jugador que aún no comprende del todo los movimientos colectivos que exige su entrenador.

¿Se trata solo de adaptación? Posiblemente. ¿Podría convertirse en un jugador determinante en los próximos meses? También es factible. Pero la pregunta que debería atravesar el análisis no es si Hinestroza terminará siendo exitoso en Vasco, sino si Boca estaba en condiciones de asumir el riesgo de esperar ese despegue.

Quizás lo más irritante de esta historia no sea el rendimiento del colombiano, sino la facilidad con la que el fútbol argentino —y Boca en particular— repite patrones de conducta en el mercado de pases. Se insiste en perseguir jugadores que no han consolidado su carrera, se les endilga condiciones que solo existen en informes de captación entusiastas y, cuando finalmente se frustra la operación, se respira aliviado al ver que el tiempo terminó dando la razón al archivo.

Marino Hinestroza todavía puede revertir su presente en Vasco. Tiene edad, condiciones y, por ahora, el respaldo de su entrenador. Pero su caso ya cumplió una función útil: recordar que no todo lo que brilla en el fútbol colombiano tiene traducción automática al brasileño, y mucho menos al argentino.

Mientras tanto, en Boca, la búsqueda de extremos continúa. Quizás esta vez el Consejo haya aprendido. O quizás, como tantas otras, la lección sea provisional hasta el próximo nombre que suene con insistencia, hasta el próximo video de YouTube que desate ilusiones desmedidas, hasta la próxima salvación por omisión.

Porque si algo demuestra la historia reciente del club, es que muchas veces lo más valioso que puede hacer un director deportivo no es acertar con sus contrataciones, sino tener la claridad para no concretar las que, a la distancia, terminan siendo lo único que los salvó de sí mismos.

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