Seguir trabajando después de ¡los cien años! Otro milagro japonés.

Japón lidera el mundo con cerca de 100.000 personas que han alcanzado o superado los 100 años, una cifra inigualable tanto en cantidad absoluta como en proporción a su población. Este fenómeno plantea retos significativos para la sociedad japonesa, donde la longevidad se acompaña de una baja natalidad, provocando un desequilibrio creciente entre jubilados y trabajadores activos.

Sin embargo, para muchos centenarios, llegar a esta edad es solo un logro más en una vida llena de actividad y sentido. La longevidad que disfrutan se atribuye no solo a hábitos saludables, acceso efectivo a servicios médicos, ejercicio constante y fuertes lazos familiares, sino también a mantener una vida laboral activa.

Conozcamos a cinco de estos longevos japoneses -consultados por New York Times- que siguen trabajando y encontrando en ello su motor diario: Seiichi Ishii, el manitas de las bicicletas. A sus 103 años, este hombre mantiene su taller en Tokio, donde ha trabajado casi toda su vida. Desde que era niño, deseaba vestir el mono azul marino de reparador. Para Ishii, la pasión por su oficio es tan fuerte que expresa: “Si muero en mi taller, será feliz”. Pese a la edad, sigue desarmando y armando bicicletas con entusiasmo y alegría.

Fuku Amakawa, cocinera de ramen y alma del negocio familiar. Con 102 años, trabaja casi todos los días en el restaurante fundado por ella y su esposo, sirviendo junto a sus hijos. Amakawa destaca cómo su trabajo la mantiene vital y feliz, y celebra los 60 años del local con orgullo, mientras cuida cada detalle para sus clientes. Masafumi Matsuo, agricultor de corazón. A sus 101 años, continúa trabajando en su cosecha en Oita, fiel a la tierra que ve crecer. Tras sobrevivir a graves enfermedades, afirma que el trabajo en el campo y la conexión con la naturaleza son lo que lo ha mantenido con vida y saludable.

Tomoko Horino, consultora de belleza incansable. A sus 102 años, Tomoko sigue vendiendo productos de cosmética, una profesión que abrazó tras superar normas sociales restrictivas y dificultades económicas. Su satisfacción proviene de ayudar a sus clientas a sentirse bien consigo mismas y de mantenerse activa a pesar de la soledad.

Tomeyo Ono, narradora de cuentos tradicionales. A sus 101 años, cuenta historias populares con pasión y precisión, una labor que comenzó tras jubilarse y que le ha dado una nueva razón para vivir. Su relato lleno de magia los corazones de quienes la escuchan, manteniendo viva la cultura oral. Estas vidas centenarias reflejan cómo la dedicación al trabajo y la actividad constante pueden ser poderosos aliados para una vejez plena y significativa, desafiando los estereotipos sobre la jubilación y el envejecimiento.

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