Después de más de cuatro décadas intentando limpiar su nombre, Subramanyam Vedam se preparaba para recuperar su libertad este mes en una prisión de Pensilvania. Sin embargo, cuando parecía que su larga pesadilla terminaba, una orden de deportación emitida hace más de 25 años volvió a complicar su destino.
Vedam y su amigo Thomas Kinser, ambos hijos de profesores de la Universidad Estatal de Pensilvania, tenían 19 años cuando Kinser fue asesinado en 1980. Vedam, la última persona que lo vio con vida, fue condenado dos veces por el crimen, pese a la ausencia de testigos y de un motivo claro.
En agosto, un juez anuló la condena tras descubrirse nuevas pruebas balísticas que la fiscalía nunca había revelado. Con su liberación prevista para el 3 de octubre, su hermana se preparaba para recibirlo en casa. Sin embargo, el hombre de 64 años fue inmediatamente puesto bajo custodia federal por una orden de deportación de 1999.
Vedam, que llegó legalmente desde India a Estados Unidos cuando tenía apenas nueve meses, enfrenta ahora un nuevo reto: evitar ser expulsado del país donde ha vivido toda su vida. Su caso se desarrolla en un contexto de políticas migratorias restrictivas impulsadas durante el gobierno de Donald Trump. Los abogados del exconvicto deben convencer a un tribunal de inmigración de que una antigua condena por drogas —emitida en los años 80— debería considerarse atenuada por los 43 años que pasó injustamente encarcelado.
“Fue víctima de una profunda injusticia”, declaró su abogada de inmigración, Ava Benach. “Vivió una vida extraordinaria en prisión, dedicada al estudio y al servicio de los demás”. Durante su tiempo tras las rejas, Vedam obtuvo varios títulos académicos, enseñó a cientos de compañeros y solo registró una falta disciplinaria menor, relacionada con el ingreso de arroz desde el exterior. Sus abogados esperan que los jueces valoren su historia completa. Sin embargo, el gobierno ha expresado su oposición formal al intento de frenar la deportación.
“Los criminales extranjeros ilegales no son bienvenidos en Estados Unidos”, señaló un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional en un comunicado. En su segundo juicio, en 1988, el fiscal del condado de Centre, Ray Gricar, realizó preguntas que hoy resultan polémicas: “¿Dónde nació, señor Vedam? ¿Con qué frecuencia viajaba a India? ¿Le interesaba la meditación cuando era joven?”. Gopal Balachandran, profesor de derecho en Penn State y responsable de la reciente revocación del caso, considera que esas preguntas buscaban distanciar al acusado de un jurado compuesto exclusivamente por personas blancas.
Los Vedam fueron una de las primeras familias indias en establecerse en el área de “Happy Valley”. Su padre llegó a Penn State como becario postdoctoral en 1956, y la familia se convirtió en un pilar de la comunidad académica. “Eran personas totalmente integradas y comprometidas con la universidad”, recordó Saraswathi Vedam, hermana del acusado y profesora en Canadá.
A finales de 1980, Vedam pidió a Kinser que lo llevara a Lewisburg para comprar drogas. Kinser desapareció ese día; su camioneta fue hallada fuera de su apartamento y, meses después, su cuerpo apareció en una zona boscosa. Pese a la falta de pruebas directas, Vedam fue arrestado y condenado en 1983. En 1988, un nuevo juicio ratificó la sentencia. Décadas más tarde, Balachandran encontró un informe del FBI que los jurados nunca vieron: el calibre del arma asociada a Vedam no coincidía con la herida de bala de la víctima.
Esa revelación fue clave para que un juez anulara la condena en agosto de este año. La fiscalía finalmente decidió no volver a juzgar el caso. Ahora, los abogados de Vedam buscan detener su deportación. Argumentan que el tiempo que pasó injustamente preso debería borrar su antigua condena por drogas. Pero las autoridades migratorias no parecen dispuestas a ceder.
“Ha pasado demasiado tiempo sin que el señor Vedam tomara medidas sobre su estatus migratorio”, escribió una abogada principal del ICE. Su hermana, aunque decepcionada, mantiene la esperanza: “Él sabe mejor que nadie que la justicia no siempre llega a tiempo”, dijo. “Pero sigue creyendo en la verdad, la compasión y la bondad”.





