Cuando el autor de esta crónica –especial para el New York Times– decidió pasar 48 horas sin inteligencia artificial (IA), imaginó que el reto alteraría algunos aspectos de su rutina diaria: no podría ver documentales sugeridos por los algoritmos de Netflix ni leer los correos electrónicos promocionales redactados por sistemas automatizados. Lo que no anticipó fue que su intento de evitar toda forma de IA y aprendizaje automático afectaría prácticamente cada momento de su vida cotidiana, desde la comida que elegía hasta la forma de transportarse.
El propósito del experimento era comprobar hasta qué punto la IA se ha integrado en la vida diaria y descubrir cuánta de ella opera “a plena vista”. Lo que comenzó como una curiosidad se transformó pronto en una demostración del grado de dependencia que las sociedades modernas han desarrollado hacia esta tecnología.
“Antes, para evitar la IA bastaba con irse a pastorear cabras a las montañas. Hoy ni eso: hasta los pastores utilizan aplicaciones meteorológicas impulsadas por IA”, comentó Jeff Wilser, presentador del pódcast AI-Curious, en conversación con el autor. Las opiniones recogidas durante la preparación del experimento fueron dispares. Algunos entrevistados consideraban la inteligencia artificial un corrector ortográfico sofisticado, mientras otros la calificaban como el invento más trascendental desde el fuego, capaz de reemplazar tareas humanas y redefinir industrias enteras.
Garrett Winther, director de producto de la firma de innovación tecnológica Newlab, ofreció una visión más optimista: “La IA no nos quita libertad; está mejorando nuestras vidas en formas que ni siquiera percibimos. Literalmente nos ayuda a respirar mejor”, afirmó, aludiendo a un programa estatal de monitoreo del aire en Nueva York que utiliza algoritmos para detectar fugas de metano.
El experimento comenzó un lunes por la mañana en Nueva York, y las dificultades se presentaron de inmediato. El simple acto de desbloquear el teléfono mediante reconocimiento facial implicaba ya el uso de IA. Revisar redes sociales, escuchar pódcast o leer noticias resultó igualmente inviable, dado que la mayoría de esas plataformas dependen de algoritmos inteligentes para recomendar contenido o filtrar información.
Incluso las tareas más básicas, como encender las luces o cepillarse los dientes, estaban mediadas por sistemas automatizados. La red eléctrica neoyorquina, por ejemplo, utiliza aprendizaje automático para prever la demanda de energía y evitar fallos, mientras que el sistema de embalses emplea sensores y modelos predictivos para regular el suministro de agua.
Ante ello, el autor recurrió a métodos rudimentarios: una lámpara conectada a un generador solar y agua de lluvia recogida en un cuenco. “Lo absurdo me ayudó a ver el mundo con otros ojos”, escribió más tarde. Pronto descubrió que casi todo objeto de uso cotidiano, desde la ropa hasta el transporte, está atravesado por alguna forma de inteligencia artificial. Las grandes cadenas de moda, como H&M, utilizan algoritmos para optimizar sus cadenas de suministro. Los taxis, aplicaciones de movilidad, sistemas de pago e incluso los mapas digitales dependen de aprendizaje automático para funcionar.
Para mantener su “vida sin IA”, el autor decidió moverse en una bicicleta antigua, vestirse con prendas heredadas de su abuelo y consultar un mapa de papel. No obstante, hasta su entorno urbano —los semáforos, las cámaras de tránsito, la gestión de residuos— estaba bajo el control de sistemas inteligentes.
Al acudir a un restaurante, se enfrentó a un nuevo dilema: ¿cómo pagar sin involucrar algoritmos? Las tarjetas de crédito, cajeros automáticos y sistemas de cobro digitales usan IA para detectar fraudes. La única alternativa fue el dinero en efectivo, aunque incluso los billetes, como producto industrial, habían pasado por procesos automatizados.
Durante los dos días del experimento, la IA demostró ser una presencia ubicua. Estaba en los cultivos que proveen alimentos, en las plataformas de reservas de restaurantes, en las cámaras de los teléfonos y en la infraestructura pública. Hasta las predicciones meteorológicas o las rutas de transporte estaban determinadas por ella.
El intento de aislarse derivó, paradójicamente, en una reflexión sobre la imposibilidad de vivir completamente al margen de la inteligencia artificial. Como resumió el propio autor, “la cuestión ya no es si la IA influye en nuestras vidas, sino en qué medida lo hace”. En sus últimas horas de desconexión, trabajó con una máquina de escribir mecánica y luz de vela, recordando que incluso esas herramientas provenían de empresas que hoy recurren a algoritmos para procesos de contratación o logística. “Parte de mi investigación inicial —admitió— provino de ChatGPT. Soy parte de la mayoría de periodistas cuyo trabajo ya se ha transformado por la IA.”
Tras 48 horas sin tecnología inteligente, el balance fue claro: la IA ha dejado de ser un accesorio para convertirse en un componente estructural de la vida moderna. El experimento concluyó con una mezcla de fascinación y preocupación. “Me gustaría que existiera más transparencia sobre cuándo un contenido o imagen es generado por IA y tener mayor control sobre los algoritmos que influyen en mis decisiones”, escribió el autor.
Jeff Wilser, quien lo había alentado a intentarlo, ofreció la última palabra: “Estamos apenas al comienzo de la era de la inteligencia artificial. En cinco años, probablemente ni siquiera puedas escribir una historia como esta sin ella”.





