Un Vietnam en el estrecho de Ormuz: la estrategia iraní para desgastar a EE.UU. Análisis.

En medio de la escalada militar con Estados Unidos, la respuesta de Irán ha sorprendido a analistas internacionales. En lugar de limitar sus acciones contra fuerzas estadounidenses o israelíes, Teherán ha extendido sus ataques a países del Golfo y ha intensificado la presión sobre una de las rutas energéticas más sensibles del planeta: el estrecho de Ormuz.

A primera vista, los ataques contra territorios vinculados a aliados regionales de Washington —o incluso contra países que podrían haber mantenido una posición neutral— parecen una reacción desordenada. Sin embargo, varios expertos consideran que detrás de esas acciones hay una lógica estratégica clara: prolongar el conflicto y aumentar sus costos políticos y económicos para el adversario.

Para la analista Burcu Özçelik, del centro de estudios británico Royal United Services Institute, el objetivo principal de Teherán es trasladar el conflicto al terreno económico. “La estrategia de Irán consiste en presionar a Washington provocando tensiones en los países del Golfo y generando aumentos en los precios del petróleo, el gas y otras materias primas”, explica.

La ofensiva estadounidense dejó un fuerte impacto en la estructura de poder iraní. Entre las víctimas de los ataques se encuentra el histórico líder supremo Alí Jameneí, cuya muerte abrió un proceso de transición en el que su hijo, Mojtaba Jameneí, asumió el liderazgo del sistema político-religioso.

Pese a ese golpe, analistas coinciden en que la estructura del Estado iraní no se ha derrumbado. Por el contrario, sostienen que el país llevaba años preparándose para un escenario de confrontación directa con Washington.

“Teherán anticipaba una situación como esta y ha construido mecanismos para resistirla”, sostiene Özçelik. La clave, en ese contexto, es asumir que una victoria militar convencional frente a Estados Unidos es improbable, pero que el conflicto puede transformarse en una guerra de desgaste.

El enfoque iraní responde a lo que los estrategas denominan guerra asimétrica: cuando un actor militarmente más débil busca compensar esa desventaja elevando el costo político, económico y psicológico de la guerra para su rival.

Ali Vaez, analista del International Crisis Group, resume la lógica de Teherán en una frase: “Irán no pretende derrotar a Estados Unidos en el campo de batalla, sino hacer que el conflicto resulte demasiado costoso para que Washington quiera continuar”.

Este planteamiento tiene antecedentes históricos. En 1975, el investigador Andrew Mack explicó en un influyente estudio que los actores más débiles pueden ganar guerras si logran debilitar la voluntad política del adversario más poderoso para seguir combatiendo. Ese principio parece reflejarse ahora en la conducta iraní.

Aunque Teherán ha empleado misiles y drones en distintos frentes, los analistas destacan que su uso ha sido relativamente limitado. Según Agnès Levallois, presidenta del instituto francés iReMMo, el país estaría administrando cuidadosamente su arsenal para evitar un desgaste prematuro.

“Los iraníes no tienen reservas ilimitadas de armamento. Por eso están utilizando sus recursos de manera calculada para prolongar el conflicto”, explica. A esa táctica militar se suma una dimensión económica clave: la presión sobre el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte significativa del comercio mundial de petróleo.

La simple amenaza de interrupción del tránsito marítimo en ese punto estratégico ha generado nerviosismo en los mercados energéticos, un factor que podría aumentar la presión política sobre la Casa Blanca.

Para analistas de seguridad, el objetivo final de Teherán es alterar el equilibrio psicológico del conflicto. Danny Citrinowicz, investigador del instituto israelí Institute for National Security Studies, sostiene que “cuanto más se prolonga la guerra, más cree Irán que el balance estratégico puede inclinarse a su favor”.

En ese escenario, el cálculo iraní incluye un elemento adicional: el peso de los países del Golfo en la economía global. Si la escalada provoca fuertes aumentos en los precios del petróleo o del gas, esos países —socios económicos de Washington— podrían presionar a la administración del presidente Donald Trump para buscar una salida negociada.

Sin embargo, esta estrategia también implica riesgos para Irán. Las tensiones con las monarquías del Golfo podrían deteriorar las relaciones diplomáticas que Teherán había logrado mejorar en los últimos años.

Además, cualquier acuerdo que ponga fin al conflicto probablemente implicará concesiones significativas por parte del régimen iraní, especialmente en materia de seguridad regional. Aun así, para muchos analistas, el cálculo actual de Teherán no se centra en la posguerra, sino en la supervivencia inmediata del sistema político.

Desde esa perspectiva, la estrategia iraní apunta a un objetivo claro: demostrar que cualquier intento de derrotarlo militarmente tendrá consecuencias económicas y geopolíticas lo suficientemente costosas como para que sus adversarios reconsideren el precio de la confrontación.  En últimas, lo que pretende Irán es aplicar una guerra como la de Vietnam, pero en el estrecho de Ormuz, con el fin de desgastar a Estados Unidos y forzarlo, tare o temprano, a irse.

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