Dos sismos de magnitud 2,9 y 3,1 fueron registrados durante la madrugada de este viernes 14 de agosto en Colombia, en una jornada que vuelve a poner sobre la mesa una pregunta inevitable después del devastador terremoto que sacudió al país el pasado 10 de agosto: ¿estos nuevos movimientos son normales o pueden anunciar un evento de mayor magnitud?
De acuerdo con los reportes del Servicio Geológico Colombiano, el primer movimiento ocurrió a la 1:15 de la madrugada y tuvo como epicentro un punto localizado a unos 14 kilómetros de Dabeiba, Antioquia. El evento fue superficial, con una profundidad inferior a 30 kilómetros, y alcanzó una magnitud de 2,9. El segundo sismo se registró a las 3:44 de la mañana en jurisdicción de Sipí, Chocó. Su epicentro se ubicó aproximadamente a 10 kilómetros de ese municipio y también tuvo una profundidad inferior a 30 kilómetros. La magnitud fue de 3,1.
Aunque ambos movimientos pueden generar preocupación, especialmente después del terremoto de magnitud 7,4 registrado el lunes 10 de agosto en el occidente del país, los datos disponibles no permiten afirmar que exista una relación causal entre estos eventos ni que estén anunciando un nuevo terremoto de gran magnitud. El Servicio Geológico Colombiano es enfático en un punto fundamental: los terremotos no pueden predecirse. La ciencia no dispone actualmente de un método que permita determinar con anticipación el lugar, la fecha y la magnitud de un sismo.
Por eso, tampoco es correcto interpretar automáticamente la ocurrencia de varios temblores pequeños como el anuncio de uno mayor. Colombia sí enfrenta una amenaza sísmica real. Que no pueda predecirse un terremoto no significa que Colombia esté fuera de peligro. Todo lo contrario.
El país posee una amenaza sísmica significativa debido a su configuración tectónica y a la existencia de numerosas fallas activas. El propio Servicio Geológico Colombiano señala que las principales zonas de actividad sísmica se concentran especialmente en las regiones Andina y Pacífica, aunque también existen sistemas activos en otras áreas del territorio.
El Modelo Nacional de Amenaza Sísmica, desarrollado por el SGC junto con la Fundación Global Earthquake Model, no intenta predecir el próximo terremoto. Su objetivo es diferente: estimar probabilísticamente qué movimientos del terreno podrían producirse y cuáles serían sus posibles efectos sobre la población, las edificaciones y la infraestructura.
Esto significa que Colombia debe convivir con una realidad incómoda: un gran terremoto puede ocurrir en el futuro, pero nadie puede decir hoy cuándo, dónde ni con qué magnitud. ¿Y qué tienen que ver estos dos sismos con el terremoto del 10 de agosto? Aquí es donde resulta necesario evitar conclusiones apresuradas.
Los dos movimientos de este viernes ocurrieron en departamentos que forman parte de una de las regiones sísmicamente activas del país. Sin embargo, que Dabeiba y Sipí hayan registrado sismos pequeños horas después de otros movimientos no constituye, por sí mismo, evidencia de que esté por producirse un nuevo terremoto destructivo. El SGC explica que las réplicas son movimientos posteriores que generalmente ocurren en la misma región de ruptura de un sismo principal y cuya frecuencia suele disminuir con el tiempo.
Por esa razón, para determinar si un movimiento específico corresponde a una réplica hay que analizar su localización, profundidad, mecanismo y relación espacial con la zona de ruptura del terremoto principal. No basta con que ocurra pocos días después.
En otras palabras: dos sismos pequeños en Dabeiba y Sipí no permiten afirmar que sean réplicas del terremoto del 10 de agosto ni que estén anticipando otro terremoto de gran magnitud. El mayor riesgo para Colombia no está en estos dos sismos de magnitudes 2,9 y 3,1, que por sí mismos tienen una capacidad destructiva muy limitada, sino en la posibilidad permanente de que el país vuelva a experimentar un terremoto fuerte.
La historia geológica colombiana demuestra que esos eventos forman parte de la realidad del territorio. El modelo nacional de amenaza sísmica incorpora fuentes corticales, zonas de subducción y fuentes de sismicidad intermedia, entre otros ambientes tectónicos.
Además, el propio SGC advierte que el hecho de que un lugar haya experimentado un sismo o haya recibido efectos de uno en el pasado significa que allí puede volver a ocurrir un evento, aunque eso no permita establecer cuándo sucederá. Por eso, después del terremoto del 10 de agosto, la pregunta más útil no debería ser “¿cuándo será el próximo terremoto?”, porque nadie puede responderla científicamente. La pregunta correcta es: ¿qué tan preparados estamos para cuando ocurra?
¿Debe Colombia entrar en pánico? No. Pero tampoco debe caer nuevamente en la falsa sensación de seguridad que suele aparecer cuando desaparece el recuerdo de un desastre. Los especialistas han insistido en que el nivel de daño producido por un terremoto depende no solamente de su magnitud, sino también de factores como la profundidad, la distancia al epicentro, las características del suelo y, especialmente, la vulnerabilidad de las construcciones. El SGC destaca precisamente que la construcción sismorresistente y el reforzamiento de edificaciones existentes son herramientas fundamentales para reducir las consecuencias de un terremoto.
Esto resulta especialmente relevante para Colombia después del terremoto reciente. El país no puede controlar la actividad tectónica, pero sí puede reducir considerablemente la cantidad de víctimas y daños mediante mejores construcciones, actualización de infraestructura, planificación territorial, educación y preparación ciudadana.
Los temblores de Dabeiba y Sipí son un recordatorio de que Colombia permanece sísmicamente activa, no una prueba de que otro gran terremoto sea inminente. No existe actualmente evidencia científica que permita afirmar que estos dos eventos anuncien un nuevo terremoto de gran magnitud.
Lo que sí existe es una amenaza sísmica permanente y conocida. El propio SGC acaba de reiterar en 2026 que Colombia está expuesta a ella y dispone de un modelo nacional para estimar probabilísticamente sus posibles efectos. Por eso, la reacción responsable no es el miedo ni la difusión de supuestas predicciones, sino la preparación.
Tener identificadas las zonas seguras de la vivienda, establecer un punto de encuentro familiar, preparar un kit de emergencia, conocer las rutas de evacuación y revisar las condiciones estructurales del inmueble son medidas mucho más útiles que intentar interpretar cada pequeño temblor como el anuncio de una catástrofe.
Después del terremoto del 10 de agosto, Colombia tiene razones suficientes para tomarse en serio la amenaza sísmica. Lo que no tiene es evidencia científica para afirmar que los dos sismos registrados esta madrugada sean la antesala de otro terremoto.





