Aviones Gripen como los que Petro compró a Suecia, y que Abelardo desprecia, son decisivos en la defensa nórdica frente a Rusia

Finlandia ha pedido ayuda a Suecia para reforzar la vigilancia y protección de su territorio frente al incremento de incidentes aéreos y amenazas vinculadas a la guerra de Ucrania, y Estocolmo ha respondido con una decisión que tiene un significado que va mucho más allá de la cooperación bilateral: enviará aviones de combate Gripen y buques de guerra para participar en la vigilancia de zonas consideradas sensibles de la frontera finlandesa con Rusia.

El anuncio confirma una transformación profunda de la seguridad del norte de Europa. Finlandia y Suecia, que durante décadas mantuvieron políticas de no alineamiento militar, son ahora miembros de la OTAN y están construyendo una estructura de defensa cada vez más integrada frente a Rusia. Finlandia ingresó en la Alianza en abril de 2023 y Suecia lo hizo en marzo de 2024, después de que la invasión rusa de Ucrania modificara radicalmente el cálculo estratégico de ambos países.

La decisión sueca se produce después de que Finlandia registrara durante los últimos meses diversos incidentes relacionados con su espacio aéreo, incluidos vuelos de aeronaves no identificadas y drones que penetraron o se aproximaron a su territorio. Algunos de estos episodios están vinculados a la guerra en Ucrania y a drones que, según las autoridades finlandesas, pudieron desviarse de su trayectoria como consecuencia de operaciones de guerra electrónica. El Gobierno sueco confirmó el despliegue después de una solicitud de Helsinki. La misión estará orientada a la vigilancia y protección de la integridad territorial finlandesa y será coordinada dentro del marco de la cooperación bilateral y de la OTAN.

El elemento más visible serán los cazas JAS 39 Gripen de la Fuerza Aérea sueca, que podrán ser utilizados para patrullar el espacio aéreo y responder rápidamente ante posibles incursiones. También está previsto el despliegue de unidades navales suecas para reforzar la vigilancia de las áreas marítimas consideradas más sensibles.

La dimensión exacta del contingente, las bases desde las que operarán los aviones, el número definitivo de buques y la duración de determinadas operaciones no han sido detallados públicamente. Por ello, más que hablar de una fuerza militar sueca desplegada permanentemente frente a Rusia, la decisión debe entenderse como una ampliación de la vigilancia y de la capacidad de respuesta de Finlandia dentro de un sistema defensivo aliado. El cambio, sin embargo, es significativo.

Durante décadas, Finlandia se acostumbró a defender por sí misma una frontera de enorme importancia estratégica. Hoy esa frontera constituye también uno de los límites exteriores de la OTAN. Cualquier incidente en territorio finlandés puede adquirir, por tanto, una dimensión colectiva mucho mayor. La frontera terrestre entre Finlandia y Rusia se extiende por unos 1.340 kilómetros y constituye uno de los segmentos más extensos de la frontera de la OTAN con territorio ruso. Su importancia no deriva únicamente de su longitud.

Finlandia posee una posición estratégica excepcional: está situada junto a Rusia, domina parte del acceso al golfo de Finlandia y forma, junto con Suecia, Noruega y los países bálticos, un arco defensivo que conecta el norte de Europa con el flanco oriental de la Alianza. La entrada de Finlandia y Suecia en la OTAN alteró radicalmente el mapa militar del Báltico y del Ártico europeo.

Para Moscú, la ampliación de la OTAN hacia sus fronteras constituye una amenaza estratégica. Para Helsinki y Estocolmo, en cambio, la guerra de Ucrania demostró que la mejor garantía de seguridad consiste precisamente en integrarse en una estructura de defensa colectiva. Ese choque de percepciones explica buena parte de la actual carrera de rearme.

Ya no se teme solamente una invasión convencional. Uno de los aspectos más importantes del nuevo escenario es que Finlandia no está preparando su defensa exclusivamente para una eventual invasión convencional. La preocupación incluye también la llamada guerra híbrida.

Drones, interferencias de navegación GPS, ataques cibernéticos, sabotajes, operaciones de inteligencia, presión migratoria y violaciones o aproximaciones al espacio aéreo forman parte de un abanico de amenazas mucho más difícil de atribuir y responder que un ataque militar convencional. La aparición de drones no identificados resulta especialmente problemática porque obliga a las autoridades a decidir rápidamente si están ante una amenaza militar, un aparato perdido o una operación deliberada de reconocimiento.

Si un avión de combate derriba un dron que posteriormente se demuestra que no representaba una amenaza, el incidente puede escalar políticamente. Si las autoridades no reaccionan ante un aparato realmente hostil, pueden ser acusadas de haber permitido una vulneración de su soberanía.

Por eso, la vigilancia permanente se ha convertido en una herramienta de disuasión. La lógica es sencilla: cuanto más rápido se detecte una amenaza, menor será el margen para que un incidente pequeño se convierta en una crisis. La cooperación entre Finlandia y Suecia tampoco puede separarse de la creciente militarización del mar Báltico.

Desde el comienzo de la guerra de Ucrania, esta región se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia entre Rusia y la OTAN. Allí convergen rutas comerciales, cables submarinos, infraestructuras energéticas, puertos estratégicos y corredores militares.

El ingreso de Finlandia y Suecia en la OTAN modificó el equilibrio geográfico. Rusia conserva la región de Kaliningrado y una importante presencia militar en el Báltico, pero ahora prácticamente todos los países ribereños, con excepción de Rusia, pertenecen a la Alianza Atlántica.

Esto ha llevado a algunos estrategas a hablar del Báltico como un espacio cada vez más integrado militarmente por la OTAN. Los buques suecos que serán utilizados en apoyo de Finlandia no constituyen, por tanto, un simple refuerzo nacional. Forman parte de una red de vigilancia marítima cada vez más amplia destinada a detectar movimientos militares, proteger infraestructuras y mantener abiertas las rutas de navegación.

La decisión de enviar cazas y buques a Finlandia coincide con una transformación mucho mayor de las Fuerzas Armadas suecas. El dato más contundente se produjo precisamente este lunes. Francia y Suecia firmaron en Estocolmo un acuerdo por unos 4.300 millones de euros para que Naval Group suministre cuatro modernas fragatas a la Armada sueca. El contrato incluye los buques, armamento, equipamiento y formación.

Las nuevas fragatas estarán especialmente orientadas a reforzar la defensa aérea sueca y representarán un salto importante en las capacidades navales del país. La primera unidad está prevista para comenzar a entregarse a partir de 2030. El acuerdo no es simplemente una compra de armamento. Es una declaración estratégica. Suecia está construyendo una Armada acorde con su nueva posición dentro de la OTAN y con la creciente importancia militar del Báltico.

El Gobierno sueco considera que el país necesita capacidades suficientes no solo para defender su propio territorio, sino también para contribuir a la defensa colectiva de la Alianza. El contrato con Francia se integra además en una tendencia europea más amplia: los países del continente están aumentando sus presupuestos militares y buscando reducir algunas de sus dependencias estratégicas. El propio Emmanuel Macron presentó el acuerdo como parte del fortalecimiento de la capacidad europea de defensa y del denominado pilar europeo de la OTAN.

La operación tiene una segunda lectura. Francia no está vendiendo únicamente buques de guerra. Está estrechando sus vínculos estratégicos con uno de los países que se encuentran en la primera línea de la nueva arquitectura de seguridad europea.

Para París, la industria de defensa constituye también un instrumento de autonomía estratégica europea. Para Estocolmo, adquirir cuatro fragatas francesas supone reforzar rápidamente sus capacidades navales y, al mismo tiempo, profundizar la cooperación con una de las principales potencias militares de Europa.

La operación se produce en un momento en que numerosos gobiernos europeos están aumentando sus inversiones en defensa ante la incertidumbre provocada por la guerra de Ucrania y por el debate sobre el futuro grado de participación estadounidense en la seguridad europea.

Aunque Suecia y Finlandia insisten en que estas operaciones tienen carácter defensivo, desde Moscú la lectura es inevitablemente distinta. Rusia considera que la ampliación de la OTAN hacia el norte y el fortalecimiento militar de los países nórdicos constituyen una amenaza para su seguridad. La paradoja es evidente. Finlandia y Suecia dicen que se rearma porque temen a Rusia.

Rusia sostiene que la expansión militar de la OTAN demuestra que tiene razones para sentirse amenazada. El resultado es un círculo de seguridad cada vez más difícil de romper: cada movimiento defensivo de una parte es interpretado como una amenaza ofensiva por la otra.

La consecuencia es una acumulación progresiva de tropas, aviones, buques, radares, sistemas de defensa aérea y capacidades de guerra electrónica. La verdadera batalla será evitar que un incidente se convierta en una guerra. El mayor riesgo en este escenario no es necesariamente que Rusia decida invadir Finlandia.

El peligro inmediato puede ser mucho más pequeño y, precisamente por eso, más difícil de controlar: un dron que cruza una frontera, un avión militar que se aproxima demasiado, una interferencia electrónica que provoca un accidente, un buque que realiza una maniobra considerada hostil, un cable submarino dañado o un incidente en una zona marítima disputada. Cualquiera de esos acontecimientos puede desencadenar una crisis si las partes interpretan que existe una operación deliberada detrás del incidente.

La presencia de cazas suecos y buques de guerra pretende precisamente reducir ese riesgo mediante una mayor capacidad de vigilancia y reacción. Pero la disuasión tiene una doble cara: cuanto mayor sea la presencia militar en una región, mayor será también el número de encuentros entre fuerzas potencialmente adversarias. La clave estará en la capacidad de ambas partes para evitar errores de cálculo. Lo que está ocurriendo en Finlandia representa, en definitiva, algo más profundo que el despliegue temporal de unos cazas Gripen.

La frontera finlandesa con Rusia se ha convertido en una de las zonas más sensibles de la nueva arquitectura de seguridad europea. Suecia ya no observa esa frontera desde la distancia. La considera parte de su propio espacio estratégico. Francia, mediante la venta de las nuevas fragatas, se incorpora a ese proceso de fortalecimiento de las capacidades militares europeas.

Y la OTAN, que durante décadas concentró buena parte de su atención en Europa central, tiene ahora en el norte una nueva línea de defensa que se extiende desde el Ártico hasta el Báltico y conecta a Noruega, Suecia, Finlandia, los países bálticos y Polonia. El mensaje de Helsinki y Estocolmo es claro: no están esperando a que ocurra una agresión para comenzar a prepararse. Están intentando que la capacidad de respuesta sea tan evidente que una eventual agresión resulte demasiado costosa.

El problema es que esta estrategia de disuasión se desarrolla en un momento en el que Europa y Rusia están inmersas en una de las mayores transformaciones militares del continente desde el final de la Guerra Fría. Y en esa nueva Europa, la frontera entre Finlandia y Rusia ya no es simplemente una línea que separa dos países. Es una de las principales líneas que separan dos concepciones enfrentadas de la seguridad europea.

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