La relativa calma que durante aproximadamente un mes había reducido la intensidad de los enfrentamientos directos entre Estados Unidos e Irán terminó abruptamente. En las últimas horas, Washington lanzó nuevos ataques contra posiciones iraníes en el estratégico estrecho de Ormuz y Teherán respondió con misiles y drones contra instalaciones militares estadounidenses en Jordania y Emiratos Árabes Unidos.
El intercambio constituye la señal más clara de que la guerra que comenzó hace más de seis meses continúa lejos de una solución y de que la aparente pausa de las últimas semanas no representaba necesariamente un proceso de desescalada. Más bien, el conflicto parece haber entrado en una fase diferente: menos intensa que durante los grandes bombardeos iniciales, pero marcada por ataques selectivos, presión económica, amenazas contra la navegación y una creciente disputa por el control de uno de los corredores energéticos más importantes del planeta.
El nuevo episodio comenzó cuando fuerzas estadounidenses atacaron dos lanzaderas iraníes situadas en la isla de Larak, en el estrecho de Ormuz. Según el Comando Central de Estados Unidos, la operación estuvo dirigida contra miembros de la Guardia Revolucionaria iraní que se preparaban para utilizar minas navales y representaban una amenaza inminente para la navegación comercial.
Washington presentó la acción como una operación limitada y preventiva. El argumento estadounidense es que permitir que Irán minara nuevamente las aguas del estrecho habría puesto en peligro a los buques comerciales y comprometido los esfuerzos realizados para recuperar la libertad de navegación en la zona.
Pero para Teherán, la interpretación es completamente diferente. Irán calificó el ataque como una nueva agresión estadounidense y anunció que respondería. La Guardia Revolucionaria afirmó que los bombardeos estadounidenses provocaron víctimas en Larak y posteriormente lanzó misiles contra instalaciones utilizadas por las fuerzas estadounidenses en Jordania.
El Ejército jordano informó que sus sistemas de defensa interceptaron los proyectiles y que no se produjeron víctimas ni daños significativos. Irán, sin embargo, aseguró que había golpeado objetivos militares estadounidenses. Las versiones enfrentadas reflejan una característica cada vez más habitual de esta guerra: ambos gobiernos presentan sus operaciones como respuestas defensivas y minimizan sus propias pérdidas mientras magnifican el alcance de los golpes infligidos al adversario.
La escalada no quedó limitada a Jordania. Teherán también afirmó haber lanzado drones contra la base de Al Minhad, en Emiratos Árabes Unidos. Las autoridades emiratíes confirmaron posteriormente que habían interceptado un dron iraní sobre sus aguas territoriales, aunque rechazaron algunas de las afirmaciones iraníes sobre daños causados a instalaciones militares estadounidenses.
El incidente es particularmente delicado porque amplía nuevamente el radio geográfico de la confrontación. Estados Unidos e Irán no solo están intercambiando ataques en territorio iraní o en las inmediaciones del golfo Pérsico: las fuerzas estadounidenses desplegadas en países aliados de la región vuelven a convertirse en objetivos potenciales de las represalias iraníes.
Esto eleva el riesgo de que un ataque inicialmente limitado termine involucrando directamente a más países.El verdadero protagonista de esta nueva fase del conflicto no es únicamente Larak. Es el estrecho de Ormuz. Por esa vía marítima pasa una parte fundamental del comercio mundial de petróleo y gas. Cualquier amenaza contra la navegación en ese corredor tiene consecuencias que van mucho más allá de las fronteras de Irán y Estados Unidos.
La disputa por Ormuz se ha convertido, de hecho, en uno de los principales puntos de presión entre Washington y Teherán. Estados Unidos sostiene que está intentando garantizar la libertad de navegación; Irán, por su parte, insiste en que tiene capacidad para controlar el tránsito por el estrecho y ha condicionado la utilización de determinadas rutas a acuerdos previos.
La consecuencia inmediata de la nueva confrontación fue económica. El precio del petróleo volvió a superar los 90 dólares por barril, mientras los mercados comenzaron a descontar un escenario de mayor incertidumbre sobre el suministro energético internacional.
La preocupación no es solamente cuánto petróleo puede dejar de circular, sino cuánto tiempo puede mantenerse la incertidumbre. En los mercados energéticos, el riesgo geopolítico puede encarecer el crudo incluso antes de que se produzca una interrupción significativa del suministro.
Por eso, cada amenaza contra Ormuz tiene un efecto inmediato sobre las expectativas económicas mundiales. El nuevo intercambio también pone en cuestión la estrategia estadounidense. La guerra comenzó a finales de febrero y, inicialmente, existía la expectativa de que una combinación de superioridad militar estadounidense, ataques israelíes y presión económica pudiera obligar rápidamente a Teherán a aceptar condiciones de negociación.
Pero seis meses después, Irán continúa teniendo capacidad para responder y para amenazar las rutas marítimas y las posiciones estadounidenses en Oriente Medio. La propia evolución de la estrategia de Washington revela las dificultades. Después de operaciones militares de mayor envergadura, la Administración Trump ha incrementado el peso de las sanciones y de la presión económica, mientras intenta evitar que el conflicto termine convirtiéndose en una guerra prolongada que consuma armamento, recursos y capacidad militar estadounidense.
La situación es especialmente incómoda para el Pentágono porque una guerra prolongada no solamente consume municiones y recursos. También obliga a mantener desplegadas fuerzas estadounidenses en múltiples puntos de Oriente Medio y aumenta el riesgo de ataques contra sus instalaciones.
La situación de las reservas estratégicas de petróleo añade otra dimensión. La Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos se encuentra en niveles históricamente bajos, lo que reduce el margen de maniobra de Washington para responder a una nueva crisis energética mediante grandes liberaciones de crudo.
El presidente Masoud Pezeshkian ha insistido en que Teherán no busca una guerra permanente y ha defendido el diálogo y la cooperación como vía para solucionar el conflicto. Al mismo tiempo, ha advertido que Irán responderá a cualquier agresión. Esta aparente contradicción resume el dilema iraní: el Gobierno necesita demostrar que conserva capacidad militar y que puede responder a Estados Unidos, pero una guerra abierta y prolongada amenaza con profundizar todavía más el deterioro económico provocado por las sanciones y los daños acumulados durante meses de enfrentamientos.
Irán, por tanto, parece apostar por una estrategia de resistencia: sobrevivir a la presión estadounidense, mantener capacidad de represalia y utilizar el estrecho de Ormuz como instrumento de negociación sin necesariamente cruzar el umbral que desencadene una campaña militar estadounidense todavía mayor.
El problema es que una estrategia de este tipo depende de un delicado equilibrio. Basta un ataque con numerosas víctimas estadounidenses, un hundimiento de un buque comercial o un incidente grave en Ormuz para que ese equilibrio pueda romperse. La respuesta de Donald Trump ha sido aparentemente contundente, pero llena de dudas.
El presidente estadounidense advirtió que Washington golpeará con fuerza a Irán después de los ataques contra posiciones estadounidenses en Jordania y la región. Sus declaraciones elevan nuevamente el riesgo de una segunda ronda de ataques estadounidenses y hacen más difícil determinar dónde terminará esta nueva escalada.
Una guerra que debía generar resultados rápidos se ha convertido en un conflicto que entra en su séptimo mes, con consecuencias económicas internacionales y sin una capitulación iraní. Al mismo tiempo, abandonar la presión militar sin obtener concesiones de Teherán podría ser interpretado como una derrota estratégica.
Washington se encuentra, por tanto, ante un dilema clásico: escalar para intentar imponer una solución o reducir la intensidad del conflicto para evitar quedar atrapado en una guerra indefinida. La nueva escalada ha estado acompañada además por otro fenómeno preocupante: la utilización de imágenes y contenidos generados mediante inteligencia artificial para presentar como reales ataques que no ocurrieron.
Trump difundió un video que aparentaba mostrar la destrucción de la isla de Jarg, uno de los centros estratégicos iraníes de exportación petrolera. Sin embargo, no existían evidencias de que ese ataque hubiera ocurrido y funcionarios estadounidenses indicaron posteriormente que las operaciones recientes no habían tenido como objetivo esa isla.
El episodio es significativo porque demuestra que, en esta guerra, la batalla por la percepción pública comienza a ser casi tan importante como la batalla militar. Una imagen falsa de una instalación petrolera destruida puede provocar reacciones en los mercados, alterar las expectativas sobre el suministro energético y alimentar una percepción de escalada que posteriormente obligue a los gobiernos a responder.
La inteligencia artificial, por tanto, introduce un nuevo elemento de incertidumbre en un conflicto que ya está marcado por versiones contradictorias de cada operación militar. ¿Estamos ante una nueva guerra abierta? No necesariamente, pero el riesgo ha aumentado.
Los ataques estadounidenses contra Larak y la respuesta iraní representan una ruptura clara de la pausa de las últimas semanas. Sin embargo, por ahora, ambas partes parecen haber mantenido sus operaciones dentro de determinados límites. Estados Unidos atacó objetivos concretos vinculados, según su versión, con una amenaza contra la navegación. Irán respondió contra instalaciones militares estadounidenses y no contra ciudades estadounidenses ni contra infraestructuras civiles de gran escala.
Eso puede indicar que Washington y Teherán todavía intentan evitar una escalada incontrolable. Pero también existe otra lectura: ambos países pueden estar probando los límites del adversario. Estados Unidos quiere saber hasta dónde puede actuar para mantener abiertas las rutas del estrecho de Ormuz. Irán quiere demostrar que cualquier ataque estadounidense tendrá un coste regional.
La pregunta fundamental es cuánto tiempo podrán mantener ese equilibrio, pues el verdadero peligro está en el próximo ataque. El intercambio de las últimas horas demuestra que la guerra no está congelada. Está contenida.Y esa diferencia es fundamental.
Una guerra congelada supone que las partes han llegado a un equilibrio estable. Una guerra contenida significa que las partes continúan enfrentadas, pero procuran evitar, al menos temporalmente, una escalada que pueda resultar incontrolable. Lo ocurrido ahora sugiere que ese mecanismo de contención se está debilitando.
El estrecho de Ormuz continúa siendo el punto más peligroso. Allí confluyen la estrategia militar estadounidense, la capacidad de presión iraní, la seguridad energética mundial y el comercio internacional. Cualquier incidente grave puede desencadenar una cadena de represalias.
Por eso, el nuevo intercambio entre Estados Unidos e Irán no debería interpretarse simplemente como otra noche de ataques. Es una advertencia sobre la fragilidad del escenario actual. Después de más de seis meses de guerra, ninguna de las dos partes ha conseguido imponer una solución definitiva y ninguna parece preparada para aceptar una derrota.
Washington conserva una superioridad militar abrumadora, pero Teherán ha demostrado capacidad de resistencia y de represalia. Irán atraviesa una enorme presión económica y militar, pero mantiene instrumentos para perturbar el comercio energético mundial. Y mientras ambas partes intentan demostrar fortaleza, el resto del mundo vuelve a mirar hacia el estrecho de Ormuz, consciente de que una guerra que parecía entrar en una etapa de menor intensidad puede volver a convertirse, en cualquier momento, en una crisis internacional de consecuencias mucho mayores.





