A una década de la salida de la Comunidad Europea, los británicos parecen arrepentidos.

Diez años después del referendo que cambió el rumbo del Reino Unido, el Brexit sigue siendo una herida abierta. Las pancartas que recorren hoy las calles de Londres —“Queremos nuestra estrella de vuelta” o “Re:Unión”— reflejan que el debate está lejos de cerrarse. El aniversario coincide además con un nuevo terremoto político: la salida de Keir Starmer, el primer ministro que había impulsado el mayor acercamiento con Bruselas desde la ruptura. Su renuncia convierte al próximo jefe de Gobierno en el séptimo ocupante de Downing Street desde la consulta de 2016, una muestra de la inestabilidad que ha acompañado al país durante toda esta década.

En Soho, uno de los barrios más cosmopolitas de Londres, Naroa Ortega todavía recuerda con claridad la noche en que se conoció el resultado. Compartía mesa con un escocés y un español en un restaurante dirigido por un chef portugués. La escena parecía resumir la diversidad europea que caracteriza a la capital británica. Cuando se confirmó la victoria del Brexit, los tres quedaron en silencio. “Éramos un poema”, recuerda. Para ella, aquel momento marcó el inicio de una etapa incierta.

Las consecuencias llegaron pronto. Ortega dirige varios restaurantes especializados en productos españoles y vio cómo el nuevo marco comercial alteró una cadena de suministro que hasta entonces funcionaba sin obstáculos. Los trámites aduaneros se multiplicaron, los envíos se retrasaron y mercancías que antes cruzaban el Canal de la Mancha en pocos días comenzaron a tardar semanas e incluso meses. El Brexit dejó de ser un debate político para convertirse en una realidad cotidiana.

La historia comenzó meses antes, cuando el entonces primer ministro David Cameron convocó un referendo que pretendía resolver una vieja disputa dentro del Partido Conservador. La apuesta terminó convirtiéndose en una de las mayores sacudidas políticas de la historia reciente británica. El 23 de junio de 2016, contra la mayoría de los pronósticos, el 51,9 % de los votantes respaldó la salida de la Unión Europea. Cameron dimitió apenas unas horas después.

La campaña estuvo marcada por una polarización pocas veces vista. El propio gabinete conservador se dividió entre quienes defendían la permanencia y quienes apostaban por la salida. La figura de Nigel Farage, durante años uno de los rostros más visibles del euroescepticismo británico, ganó protagonismo hasta convertirse en el símbolo político de la ruptura. El debate se alimentó de mensajes alarmistas, cifras cuestionadas y una confrontación que alcanzó su punto más dramático con el asesinato de la diputada laborista Jo Cox una semana antes de la votación.

Una década después, las divisiones persisten. Miles de personas volvieron a manifestarse recientemente en Londres para reclamar el regreso a la Unión Europea. Algunos portaban carteles que resumían el desencanto acumulado durante estos años: “El Brexit apesta” o “No quiero que mi país retroceda, quiero que avance”. Aunque quienes votaron en 2016 mantienen en gran medida sus posiciones, las nuevas generaciones y parte de los antiguos partidarios de la salida muestran cada vez más dudas sobre la decisión tomada.

La promesa central de la campaña favorable al Brexit era “recuperar el control”. La consigna apuntaba a recuperar soberanía legislativa, controlar las fronteras y proteger sectores considerados estratégicos, como la pesca. Sobre el papel, Reino Unido logró desvincularse de las instituciones europeas y recuperar competencias que antes compartía con Bruselas. Sin embargo, la sucesión de crisis políticas ha alimentado el debate sobre si ese control se tradujo realmente en una mayor estabilidad.

Los números hablan por sí solos. Desde el referendo han pasado por Downing Street David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer. Ninguno consiguió cerrar definitivamente el debate sobre Europa ni ofrecer una etapa prolongada de estabilidad. La política británica ha vivido una década marcada por renuncias, elecciones anticipadas y profundas divisiones internas.

La inmigración fue otro de los grandes argumentos de la campaña. Los defensores del Brexit prometían reducir la llegada de trabajadores europeos mediante el fin de la libre circulación. En parte, lo lograron. La presencia de nuevos trabajadores procedentes de la Unión Europea disminuyó de forma notable. Sin embargo, la realidad terminó siendo más compleja. Sectores como la hostelería, la sanidad, el cuidado de mayores y la agricultura comenzaron a sufrir una escasez de mano de obra que todavía persiste.

Naroa Ortega lo observa cada día en su negocio. Encontrar personal cualificado se ha vuelto una tarea difícil. Muchos europeos que antes llegaban al Reino Unido en busca de oportunidades ya no pueden hacerlo con la misma facilidad. El vacío ha obligado a las empresas a competir por una fuerza laboral más limitada.

La paradoja es que, mientras la inmigración procedente de Europa se redujo, las llegadas desde otros continentes aumentaron. El debate migratorio, lejos de desaparecer, se intensificó y acabó convirtiéndose en una de las principales preocupaciones de los británicos. Las tensiones alrededor de la inmigración irregular y los cruces por el Canal de la Mancha alimentaron nuevas controversias políticas y favorecieron el crecimiento de Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage, que hoy aspira a convertirse en una alternativa real de poder.

El Brexit también dejó huellas profundas en las naciones que integran el Reino Unido. En Escocia, donde la mayoría votó por permanecer en la Unión Europea, el sentimiento independentista encontró nuevos argumentos. Muchos escoceses consideran que fueron obligados a abandonar el bloque comunitario contra su voluntad. Desde entonces, los nacionalistas han utilizado el Brexit como una prueba de que los intereses escoceses no siempre coinciden con los de Westminster.

En Irlanda del Norte, las consecuencias han sido aún más delicadas. Para evitar una frontera física con la República de Irlanda y preservar los acuerdos de paz, la región quedó sometida a un régimen comercial especial que la mantiene alineada con parte de la normativa europea. La solución evitó una crisis mayor, pero generó nuevas tensiones políticas y comerciales al trasladar los controles al mar de Irlanda. Empresarios y comerciantes denuncian dificultades adicionales, mientras sectores unionistas consideran que el acuerdo debilitó los vínculos con Gran Bretaña.

A diez años de aquella votación, el balance sigue siendo objeto de disputa. Para unos, el Brexit permitió recuperar la capacidad de decidir el rumbo del país sin interferencias externas. Para otros, ha significado más burocracia, menor crecimiento económico y una pérdida de influencia internacional. Lo cierto es que el tema continúa definiendo buena parte de la conversación política británica.

Las encuestas reflejan un cambio de ánimo. Cada vez más ciudadanos consideran que abandonar la Unión Europea fue un error, aunque la mayoría tampoco parece dispuesta a regresar de inmediato al bloque, al mercado único o a la unión aduanera. Entre el arrepentimiento y el pragmatismo, los británicos buscan una nueva fórmula para relacionarse con Europa.

Mientras tanto, en las calles de Londres, las banderas azules con estrellas doradas vuelven a aparecer en las manifestaciones. Diez años después, el Brexit sigue siendo mucho más que una decisión política. Es un debate sobre identidad, soberanía y futuro que continúa moldeando el destino del Reino Unido.

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