No hubo gritos al principio. Solo el eco de pasos firmes cruzando el jardín aún dormido, el clic de una puerta que se abre sin permiso y la sombra de un hombre que ya no era padre, sino verdugo.
Era domingo. En Shreveport, Luisiana, los vecinos aún tenían puestas las batas de la mañana cuando la muerte empezó a contar sus víctimas: ocho niños, siete de ellos con su sangre. Los pequeños, de entre 3 y 11 años, murieron amontonados en la misma habitación donde tal vez la noche anterior habían visto dibujos animados. Uno de ellos, el más valiente o el más aterrado, trepó al techo para huir. Lo encontraron allí, inmóvil, como un pájaro al que le fallaron las alas. Otro saltó. Ese aún respira.
Las mujeres también cayeron. Una era su esposa, la madre de sus hijos. La otra, una vecina que tuvo con él tres de las víctimas. Las dos sobrevivieron, aunque llevarán las balas para siempre.
Shamar Elkins, de 31 años, condujo de una casa a otra como quien cumple un itinerario del odio. La policía lo persiguió hasta acorralarlo. Murió bajo sus disparos. Pero antes, logró lo que pocos monstruos logran: convertir una separación conyugal en una masacre. La prima de una de las heridas lo contó con voz rota: “Discutían por la separación. Él iba a ir al tribunal este lunes. Pero prefirió matarlos a todos”.
El pastor dueño de una de las casas solo atinó a decir que jamás conoció a esa familia. El alcalde, atónito, llamó a la peor tragedia de su mandato. Y una vecina, Liza, mostró el video de su cámara de seguridad: dos disparos, un hombre huyendo, autos alejándose. Luego, el cuerpo de un niño en el techo.
Al caer la noche, veladoras encendidas en un estacionamiento. Una madre, Kimberlin, apretaba a sus hijos contra el pecho. “Solo queda abrazarlos y decirles cuánto los amas”, dijo. Y alrededor, el viento de Luisiana parecía susurrar una pregunta que nadie se atrevía a responder en voz alta: ¿Cómo es posible que un padre guarde tantas balas y tan poco amor?





