La peligrosa creencia del Caribe colombiano de que no tiene riesgo sísmico: expertos alertan lo contrario.

El terremoto que recientemente sacudió a Colombia volvió a poner sobre la mesa una discusión que durante años ha permanecido en segundo plano: ¿está el país preparado para conocer y enfrentar con suficiente precisión el riesgo sísmico de cada una de sus regiones?

Para Carlos Arteta, profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad del Norte y doctor en Ingeniería Sísmica consultado por el diario El Universal, de Cartagena, la respuesta exige mirar más allá de los mapas nacionales. El experto considera que el Caribe colombiano necesita estudios mucho más detallados que permitan establecer cómo podrían comportarse sus diferentes ciudades frente a un terremoto y qué sectores serían particularmente vulnerables.

Colombia dispone de un Modelo Nacional de Amenaza Sísmica desarrollado por el Servicio Geológico Colombiano. Se trata de una herramienta fundamental para conocer la distribución general de la amenaza en el territorio, pero su escala nacional limita la posibilidad de identificar diferencias que pueden ser determinantes dentro de una misma ciudad.

El problema está, en buena medida, bajo los pies de los habitantes. Un terremoto no produce necesariamente los mismos efectos en todos los lugares, incluso cuando la distancia al epicentro es similar. Las características geológicas del terreno pueden amplificar o reducir considerablemente la intensidad de las ondas sísmicas.

Arteta explica que existen tres factores esenciales para entender los posibles daños: la magnitud del terremoto, la distancia respecto del epicentro y las condiciones del suelo. Cuanto mayor sea el sismo y menor la distancia, mayor puede ser la afectación; pero un terreno blando también puede intensificar significativamente el movimiento que reciben las edificaciones. Según el investigador, dependiendo de sus características y del período de vibración, determinados depósitos de suelo blando pueden amplificar entre dos y cinco veces el movimiento registrado en comparación con un escenario sobre roca.

La diferencia no es menor. Una ciudad puede tener sectores construidos sobre terrenos con comportamientos completamente distintos y, ante un mismo terremoto, experimentar niveles de movimiento y daños muy diferentes. Por eso, disponer únicamente de una evaluación general de la amenaza nacional no necesariamente permite identificar cuáles barrios, zonas de expansión urbana o sectores construidos sobre determinados depósitos geológicos requieren mayores medidas de prevención.

Esa necesidad cobra especial relevancia después de los resultados preliminares de la Red Colombiana de Investigación en Ingeniería Sísmica, CEER, integrada por varias instituciones académicas, entre ellas la Universidad del Norte. Los investigadores encontraron diferencias entre los movimientos registrados en Manizales y Cali durante el reciente evento sísmico y los valores que habían previsto determinados modelos de atenuación.

En dos estaciones, las discrepancias fueron particularmente importantes. Una de las posibles explicaciones estaría precisamente en las condiciones geológicas de las ciudades. En otras palabras, el mismo terremoto puede producir movimientos diferentes cuando sus ondas atraviesan terrenos distintos.

El hallazgo vuelve a poner en discusión la importancia de la microzonificación sísmica, una herramienta que permite estudiar con mucho mayor detalle las condiciones del subsuelo y establecer cómo podrían amplificarse las ondas sísmicas en diferentes sectores de una ciudad.

Mientras Bogotá, Medellín y el Valle de Aburrá, Cali, Manizales, Bucaramanga, Barrancabermeja y varios municipios del Valle del Cauca cuentan con estudios de esta naturaleza, el Caribe colombiano todavía carece de una microzonificación sísmica regional, de acuerdo con Arteta.

La ausencia resulta llamativa si se tiene en cuenta el contexto geológico de la región. El Caribe está influenciado por sistemas de fallas asociados con la interacción entre las placas Caribe y Suramericana. Entre ellos se encuentran los sistemas Oca-Ancón, al norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, y Santa Marta-Bucaramanga, hacia el occidente.

Que el Caribe no haya experimentado recientemente terremotos destructivos con la frecuencia de otras zonas del país no significa que el riesgo haya desaparecido. La aparente tranquilidad puede incluso generar una falsa sensación de seguridad entre la población y las autoridades.

Camilo Montes, docente investigador del programa de Geología de la Universidad del Norte, ha estudiado la distribución del movimiento de la placa Caribe y advierte que la ciencia no puede establecer con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto, a qué hora o con qué magnitud. Sin embargo, los estudios geológicos, los registros históricos y el monitoreo instrumental sí permiten identificar fuentes de amenaza y construir escenarios que sirvan para reducir la vulnerabilidad. Santa Marta y Riohacha, por ejemplo, se encuentran clasificadas en una zona de amenaza sísmica intermedia. Santa Marta, además, tiene un antecedente histórico que debería formar parte de la memoria de prevención de la región.

El 22 de mayo de 1834, la ciudad fue afectada por un terremoto cuya magnitud se ha estimado en 6,4. Los registros históricos señalan que más de un centenar de viviendas quedaron destruidas o inhabitables y que también resultaron afectados edificios religiosos como la Catedral y otras iglesias. Han transcurrido casi dos siglos desde aquel episodio. Pero para los especialistas, el tiempo transcurrido no debería interpretarse como una garantía de que un fenómeno similar no pueda repetirse.

El concepto resulta particularmente importante para una región donde la percepción del riesgo puede estar determinada más por la experiencia reciente que por la evidencia científica. Que durante décadas no se registre un terremoto destructivo no significa que la amenaza haya desaparecido. Significa, sencillamente, que durante ese período no se ha observado un evento de esas características. La frase de Arteta resume el problema: el silencio del registro no equivale a la ausencia de amenaza.

Colombia ha mejorado considerablemente su capacidad de vigilancia sísmica durante las últimas décadas. En el Caribe, la red de monitoreo comenzó a fortalecerse especialmente desde 2008. Sin embargo, los investigadores todavía encuentran dificultades para detectar y caracterizar con suficiente precisión los sismos de menor magnitud, precisamente aquellos que pueden aportar información valiosa sobre el comportamiento de las estructuras geológicas activas.

El fortalecimiento de la investigación regional también ha permitido aumentar la capacidad académica. La Universidad del Norte obtuvo en 2015 el registro calificado para poner en marcha el primer programa de Geología del Caribe colombiano. Los primeros estudiantes ingresaron en 2016 y actualmente la carrera cuenta con cerca de 180 egresados. Los investigadores de esta institución y de otras universidades de la región han participado además en misiones posteriores a terremotos internacionales, entre ellos los ocurridos en Muisne, Ecuador, en 2016, y Puebla, México, en 2017.

También han contribuido al desarrollo de modelos de atenuación sísmica calibrados para el norte de Suramérica y participaron entre 2021 y 2024 en la coordinación académica del Modelo Nacional de Riesgo Sísmico, con aplicaciones en ciudades como Barranquilla, Santa Marta y Valledupar.

Este año, investigadores de la región participaron igualmente en una misión técnica relacionada con la reciente secuencia sísmica registrada en el norte de Venezuela. Todo este conocimiento plantea una conclusión que va más allá de la investigación académica: el Caribe colombiano necesita convertir la información científica en una política concreta de prevención.

El desafío no consiste únicamente en saber dónde están las fallas. También es necesario conocer qué ocurre cuando las ondas sísmicas llegan a cada ciudad, cómo responden los diferentes tipos de suelo, cuáles zonas podrían experimentar una mayor amplificación del movimiento y qué edificaciones presentan mayor vulnerabilidad.

La microzonificación sísmica permitiría avanzar precisamente en esa dirección. Con información más detallada sería posible mejorar las normas de construcción, orientar la planificación urbana, identificar sectores críticos y establecer prioridades para reforzar infraestructura esencial como hospitales, colegios, puentes y redes de servicios públicos.

El terremoto reciente vuelve a demostrar que la amenaza sísmica no puede evaluarse únicamente a partir de la magnitud registrada o de la distancia al epicentro. Dos ciudades pueden estar expuestas al mismo fenómeno y experimentar consecuencias muy diferentes. Por eso, la advertencia de los especialistas debería ser tomada como una oportunidad para anticiparse a la próxima emergencia y no como una reacción tardía después de cada terremoto. El Caribe colombiano no necesita esperar a sufrir un gran desastre para comenzar a estudiar con mayor precisión aquello que se encuentra debajo de sus ciudades. La prevención, en materia sísmica, empieza mucho antes de que el suelo vuelva a temblar.

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