El US Open apenas comenzaba y Novak Djokovic ya estaba haciendo las maletas. El serbio, ganador de 24 títulos de Grand Slam y cuatro veces campeón en Nueva York, quedó eliminado en la primera ronda por el argentino Mariano Navone, número 49 del mundo, en una batalla de cuatro horas y 36 minutos que terminó 7-6 (5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1.
No fue una derrota cualquiera. Djokovic, de 39 años, jamás había perdido en la primera ronda del US Open. Llegó a Flushing Meadows con un récord de 19-0 en sus debuts y tampoco había caído en la apertura de un Grand Slam desde el Abierto de Australia de 2006. El resultado puso fin a una de las rachas más extraordinarias de la historia del tenis y dejó al descubierto una pregunta que hasta hace poco parecía casi impensable: ¿está Novak Djokovic llegando al final de su carrera?
La respuesta todavía no es necesariamente afirmativa, pero por primera vez existen razones deportivas contundentes para plantearla. La derrota ante Navone no puede explicarse únicamente por un mal partido. Djokovic comenzó compitiendo como el jugador que durante dos décadas ha desafiado todos los límites. Ganó los dos primeros sets después de perder el primero y llegó a colocarse en ventaja en el cuarto. Pero a partir de entonces su cuerpo comenzó a pasarle factura. Vomitó durante el encuentro, sufrió calambres, dolores en la espalda y problemas en el hombro y terminó prácticamente sin capacidad para sostener la intensidad física que exigía el partido. El propio Djokovic reconoció después que los problemas físicos no eran nuevos y que los había experimentado durante buena parte de la temporada.
La imagen del campeón exhausto, con evidentes dificultades para desplazarse y incapaz de responder al ritmo de un rival 14 años menor, tiene un valor simbólico que trasciende el resultado. Djokovic ha construido buena parte de su leyenda precisamente sobre su capacidad para sobrevivir físicamente a partidos que parecían perdidos. Esta vez ocurrió lo contrario: ganó tres de los primeros cuatro sets, pero su organismo dejó de acompañarlo cuando el partido entró en su fase decisiva.
Navone, además, no le arrebató el partido con un golpe de suerte. El argentino resistió, mantuvo la intensidad y aprovechó el progresivo deterioro de su rival. Para él fue la mayor victoria de su carrera; para Djokovic, una derrota que difícilmente puede considerarse un accidente aislado. Y ahí aparece el verdadero problema.
Djokovic todavía demostró en 2026 que puede competir al máximo nivel. Llegó a la final del Abierto de Australia, donde perdió ante Carlos Alcaraz, después de derrotar a Jannik Sinner en semifinales. También alcanzó las semifinales de Wimbledon y allí perdió en tres sets ante el propio Sinner. Es decir, no estamos ante un jugador que haya perdido completamente su tenis. El problema parece estar en cuánto tiempo puede sostener ese nivel.
A los 39 años, Djokovic está intentando competir con un calendario cada vez más reducido y selectivo. Ha podido conservar su capacidad para disputar partidos de máxima exigencia, pero su cuerpo parece tener cada vez menos margen para soportar varias rondas consecutivas. En los grandes torneos, donde debe ganar seis o siete partidos para conquistar el título, esa diferencia puede ser decisiva.
El caso de este US Open resulta especialmente revelador porque el contexto parecía favorecerlo. Sinner no estaba en el torneo y Carlos Alcaraz llegaba después de un largo período sin competir en individuales debido a una lesión. Djokovic tenía, sobre el papel, una oportunidad extraordinaria para volver a luchar por el único gran objetivo que todavía persigue: el vigésimo quinto Grand Slam. En lugar de eso, cayó en la primera ronda. Y hay otro dato que pesa más que la derrota misma: sus propias palabras.
Después del partido, Djokovic no ofreció la habitual explicación de un deportista que promete regresar más fuerte. Reconoció que lleva tiempo teniendo problemas físicos y admitió que no sabe exactamente cómo solucionarlos. También se preguntó cuánto tiempo más puede continuar en estas condiciones. Eso no equivale a anunciar el retiro, pero sí representa un cambio importante en el discurso.
Durante años, Djokovic ha respondido a las dudas sobre su futuro con una idea recurrente: mientras crea que puede ganar los grandes torneos, continuará. Esa lógica tiene sentido. Un campeón de su categoría no necesita jugar por acumular participaciones; necesita sentir que todavía tiene posibilidades reales de ganar. La cuestión ahora es precisamente esa: ¿puede Djokovic seguir teniendo una posibilidad real de ganar otro Grand Slam?
No es imposible. El propio 2026 lo demuestra. Llegar a una final del Australian Open y a una semifinal de Wimbledon a los 39 años sería extraordinario para prácticamente cualquier jugador de la historia. Pero también existe una conclusión incómoda: esos resultados fueron acompañados por un desgaste físico creciente y no se han traducido en un título.
El tenis de Djokovic tampoco ha desaparecido. Lo que parece estar desapareciendo es su capacidad para sostenerlo durante todo un torneo. Ese matiz es fundamental. No parece que el serbio haya dejado de ser capaz de derrotar a los mejores jugadores. Su victoria sobre Sinner en Melbourne lo demuestra. La dificultad está en encadenar partidos de máxima exigencia, recuperarse y volver a hacerlo dos días después. En otras palabras, quizá el problema ya no sea alcanzar el nivel de campeón durante unas horas, sino mantener el cuerpo en condiciones de soportarlo durante dos semanas.
La derrota ante Navone ofrece una advertencia particularmente dura porque el argentino no necesitó producir un tenis extraordinario durante todo el partido. Le bastó con mantenerse competitivo hasta que Djokovic físicamente se quedó sin respuestas. Por eso sería precipitado afirmar que Djokovic debe retirarse inmediatamente. Todavía conserva argumentos deportivos para continuar. Pero también sería ingenuo ignorar las señales. ¿Es entonces el momento del retiro?
Desde una perspectiva estrictamente deportiva, probablemente sí se acerca el momento de tomar esa decisión. No porque haya dejado de ser uno de los mejores tenistas del mundo, sino porque la relación entre esfuerzo, desgaste y posibilidades de conseguir el objetivo que todavía persigue parece estar cambiando.
Desde una perspectiva personal, sin embargo, solamente Djokovic puede responder. Mientras conserve el deseo de competir, sería injusto exigirle que se retire simplemente porque ya no domina como antes. La grandeza de su carrera no obliga a terminarla en el momento elegido por los aficionados, los periodistas o sus rivales. Pero existe una diferencia entre continuar porque todavía se disfruta de competir y continuar persiguiendo un récord que quizá el cuerpo ya no permita alcanzar.
El US Open de 2026 podría terminar siendo recordado como el torneo en el que Djokovic perdió por primera vez en su carrera en la primera ronda de Nueva York. Pero también podría ser recordado como algo más importante: el momento en que quedó demostrado que el último gran enemigo del serbio ya no era Sinner, Alcaraz, Zverev o cualquier otro jugador de la nueva generación. Era el tiempo.
Djokovic ha derrotado prácticamente a todos sus rivales y ha superado lesiones, derrotas, sanciones, generaciones enteras de tenistas y límites físicos que parecían insuperables. Ha ganado 24 Grand Slam y ha construido un legado que ya no necesita otra victoria para ser histórico. Por eso, si decide retirarse, no sería la consecuencia de haber sido derrotado por Mariano Navone.
Sería la consecuencia de haber comprendido que, después de haber ganado prácticamente todo lo que podía ganar, quizá ya no sea necesario obligar al cuerpo a demostrar una vez más que puede hacer lo imposible. Y si decide continuar, tendrá un último argumento a su favor: todavía puede jugar un tenis capaz de llevarlo a las últimas rondas de un Grand Slam. Lo que queda por descubrir es si su cuerpo todavía puede acompañarlo hasta el final. Esa es la verdadera pregunta que deja abierta su dolorosa noche en Nueva York.






