Cómo es volver al colegio en la devastada Franja de Gaza

Para miles de niños de Gaza, el regreso a clases dejó de representar el comienzo de un nuevo año escolar y se convirtió en una experiencia marcada por el desplazamiento, las ruinas y la incertidumbre. En lugar de aulas convencionales, muchos reciben actualmente sus lecciones en grandes carpas levantadas junto a edificios destruidos, sin pupitres, sin suficientes materiales y con el recuerdo de casi tres años de guerra todavía presente.

La dimensión de esta crisis educativa quedó expuesta en un relato publicado por The New Yorker el 7 de octubre de 2026, firmado por el escritor y poeta palestino Mosab Abu Toha, quien reconstruye la transformación de las escuelas de Gaza a partir de su propia experiencia y la de sus familiares. El autor recuerda una infancia en la que el comienzo del año escolar estaba asociado con la compra de cuadernos, lápices, uniformes y zapatos nuevos. Hoy, sus sobrinos estudian en condiciones radicalmente diferentes.

Según el relato de Abu Toha, cuatro de los hijos de su hermana comienzan el día haciendo fila para recoger agua de un camión. Dos de ellos caminan posteriormente hasta una escuela instalada en una gran carpa, rodeada de viviendas destruidas y montañas de escombros. En ocasiones, durante el trayecto, los menores aseguran escuchar disparos y deben tirarse al suelo para protegerse.

La jornada educativa también se ha reducido drásticamente. Los niños mencionados en el artículo asisten a clases apenas tres días por semana, durante tres horas cada jornada, para un total de nueve horas semanales. Antes de la guerra, el autor recuerda que acudía a la escuela alrededor de 27 horas cada semana. La diferencia refleja la magnitud de la pérdida educativa acumulada.

La falta de infraestructura se suma a la escasez de materiales. Los profesores dependen de hojas de ejercicios porque los libros de texto son insuficientes, mientras que muchas familias no pueden asumir el costo de los útiles escolares. En el caso relatado por Abu Toha, una libreta de espiral llegó a representar un gasto considerable para una familia que ya enfrenta enormes dificultades económicas.

El deterioro de la educación no es solamente una consecuencia secundaria de la guerra. Organismos internacionales advierten que se trata de una crisis que puede tener efectos durante años. UNICEF señaló que alrededor de 700.000 niños de entre 4 y 17 años habían perdido casi tres años de escolarización presencial, mientras cerca del 98 % de los edificios escolares estaban dañados y más del 93 % necesitaban rehabilitación importante o reconstrucción completa.

El organismo también informó que, durante el primer semestre de 2026, logró atender a más de 265.000 niños mediante 173 centros de aprendizaje distribuidos en Gaza. Sin embargo, la magnitud de las necesidades continúa superando ampliamente la capacidad disponible.

La situación es especialmente compleja porque las escuelas no solamente han dejado de funcionar como centros educativos. Muchos de sus edificios fueron utilizados como refugios por familias desplazadas, lo que dificulta todavía más recuperar espacios para la enseñanza. En algunos lugares, las aulas disponibles están ocupadas por personas que perdieron sus viviendas.

Ese fenómeno aparece también en la historia familiar narrada por Abu Toha. Una de sus sobrinas, de 16 años, estudia en una carpa instalada en el patio de una escuela porque las aulas están ocupadas por familias desplazadas. Otra integrante de la familia, de 19 años, comenzó estudios universitarios mediante clases en línea, aunque enfrenta dificultades para acceder a computadores y otros equipos necesarios.

La guerra también ha dejado una profunda huella psicológica en los estudiantes. Algunos menores perdieron a sus padres, otros quedaron a cargo de familiares sobrevivientes y muchos han vivido desplazamientos repetidos, bombardeos y destrucción de sus hogares.

UNICEF ha advertido que el alto el fuego anunciado en octubre de 2025 no ha significado una recuperación plena de la seguridad para los niños. En su informe correspondiente al primer semestre de 2026 señaló que, desde el inicio de ese cese de hostilidades, 277 niños habían sido reportados como muertos y que casi nueve de cada diez menores consultados necesitaban apoyo psicosocial.

La fragilidad de la situación también ha sido señalada por Naciones Unidas. Un informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación citado por The New Yorker sostuvo en junio de 2026 que los bombardeos, los desplazamientos y el colapso de los servicios básicos habían interrumpido años de escolarización y afectado capacidades fundamentales como la lectura, las matemáticas, la memoria y el estudio estructurado.

La propia historia de las escuelas que aparecen en el relato evidencia la dimensión de la destrucción. Abu Toha recuerda que estudió y posteriormente enseñó en la escuela Al-Fakhoora, en el campamento de Jabalia, una institución administrada por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA). Durante el conflicto, el centro fue convertido en refugio y posteriormente sufrió ataques que dejaron muertos y heridos. El escritor regresó al lugar y encontró aulas destruidas, ventanas destrozadas y parte de las paredes derrumbadas.

El relato también recuerda que los ataques contra escuelas utilizadas como refugios no comenzaron con la actual guerra. Abu Toha menciona episodios ocurridos durante los conflictos de 2009 y 2014, cuando centros educativos que albergaban a civiles fueron alcanzados por ataques. La diferencia, sostiene, es la duración y profundidad de la devastación actual.

Uno de los episodios más estremecedores narrados en el artículo ocurrió el 9 de abril de 2026. Ritaj Rihan, una niña de nueve años, se encontraba en una escuela instalada en una carpa cuando recibió un disparo en la boca. Sus compañeros contaron que estaba esperando a que un profesor revisara su trabajo cuando fue alcanzada. La niña murió posteriormente antes de poder recibir atención médica adecuada.

La tragedia adquiere un significado todavía mayor por el contenido del cuaderno que llevaba la menor. Al día siguiente de su muerte circuló una fotografía en la que aparecían ejercicios de matemáticas y palabras en árabe que estaba aprendiendo a escribir. Entre las últimas frases que había escrito figuraba una relacionada con su comunidad. La imagen, descrita por Abu Toha, resume de manera particularmente dolorosa la contradicción entre el propósito de la escuela y la realidad que enfrentan los niños de Gaza.

Pese a las condiciones extremas, existen esfuerzos para evitar que la educación desaparezca completamente. UNICEF y otras organizaciones han impulsado centros temporales de aprendizaje y programas de educación no formal. A comienzos de 2026, la organización anunció la ampliación de sus espacios de aprendizaje con el objetivo de alcanzar a cientos de miles de niños.

Pero reconstruir el sistema educativo requerirá mucho más que levantar aulas. Será necesario recuperar escuelas, suministrar libros y equipos, restablecer servicios básicos y proporcionar atención psicológica a una generación que ha crecido bajo desplazamientos, violencia y pérdida.

La situación continúa siendo especialmente precaria mientras las familias permanecen en refugios improvisados. UNICEF advirtió en septiembre que cerca del 84 % de la población de Gaza —más de 1,76 millones de personas— seguía viviendo en lugares de desplazamiento o refugios dañados e inadecuados, una condición que se vuelve todavía más peligrosa ante la llegada del invierno.

El relato publicado por The New Yorker muestra, en definitiva, que la crisis educativa de Gaza no puede medirse únicamente por el número de escuelas destruidas o por los días de clase perdidos. También debe medirse por las oportunidades que una generación está dejando de tener: aprender en condiciones seguras, compartir con otros niños, desarrollar habilidades, imaginar una profesión y construir un futuro distinto al marcado por la guerra.

En Gaza, recuperar la escuela significa mucho más que volver a poner pupitres dentro de un edificio. Significa devolverles a los niños un espacio donde puedan aprender sin miedo y recuperar, al menos parcialmente, una parte de la infancia que el conflicto les ha arrebatado.

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