La sucesión de huracanes de gran intensidad y larga duración en el océano Pacífico está poniendo a prueba los sistemas de prevención y respuesta ante desastres en América. El fenómeno, que ha llevado la actividad ciclónica de esa región a niveles récord, combina temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas, condiciones atmosféricas favorables para el desarrollo de tormentas y la influencia de un episodio de El Niño que podría figurar entre los más intensos de las últimas décadas.
De acuerdo con científicos citados en la información original, la energía ciclónica acumulada al este de la línea internacional de cambio de fecha superó el domingo el registro anterior de 2018. Este indicador mide la intensidad y la duración de las tormentas, por lo que permite dimensionar la actividad ciclónica más allá del número de huracanes que se forman. La secuencia reciente incluye a Nolo, Odalys, Polo, Rachel y Simón, todos con vientos propios de huracanes de gran intensidad. Polo, además, permaneció durante dos días y medio en la categoría 5, la más alta de la escala Saffir-Simpson.
El comportamiento de estos sistemas tiene una explicación meteorológica. El calentamiento de las aguas oceánicas aporta energía a los ciclones, mientras que determinadas condiciones de los vientos en altura reducen los obstáculos que normalmente limitan su crecimiento. El Niño modifica la circulación atmosférica y puede favorecer la formación e intensificación de huracanes en el Pacífico, aunque sus efectos no son iguales en todas las cuencas: en el Atlántico, por ejemplo, suele aumentar la cizalladura del viento y dificultar el desarrollo de estos sistemas.
A esta combinación se suma el cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero. El calentamiento global incrementa la temperatura de los océanos y puede aumentar la capacidad de la atmósfera para retener humedad, condiciones que elevan el potencial de lluvias extremas en determinados fenómenos. Sin embargo, atribuir la intensidad de cada huracán exclusivamente al cambio climático requiere estudios específicos que permitan distinguir la influencia de los distintos factores.
Aunque los huracanes descritos se concentran en el Pacífico oriental y no existe, a partir de esta información, evidencia de que alguno se dirija directamente hacia Colombia, el fenómeno tiene relevancia para el país por el comportamiento del océano Pacífico y por los efectos de El Niño sobre el clima nacional.
El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) confirmó oficialmente el 8 de octubre de 2026 la presencia del fenómeno de El Niño en Colombia. Según el organismo, las proyecciones apuntan a una intensidad entre fuerte y muy fuerte, con posibilidades de persistencia hasta el primer trimestre de 2027.
La situación exige especial atención porque Colombia afronta riesgos diferenciados según la región. El aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones en determinadas zonas pueden favorecer los incendios forestales, reducir la disponibilidad de agua y afectar la producción agropecuaria. También pueden presentarse impactos sobre la generación hidroeléctrica, el abastecimiento de los municipios y los costos de producción de alimentos, dependiendo de la evolución del fenómeno y de las condiciones locales.
No obstante, sería equivocado interpretar El Niño como sinónimo de ausencia de lluvias en todo el territorio nacional. El Ideam ha advertido que Colombia atraviesa durante octubre y noviembre su segunda temporada de mayores precipitaciones, especialmente en las regiones Andina y Caribe, y que este ciclo puede continuar incluso bajo condiciones de El Niño.
Esta combinación obliga a las autoridades a trabajar simultáneamente en dos frentes: prevenir las consecuencias de la escasez de agua y el calor extremo, y mantener la capacidad de respuesta frente a inundaciones, crecientes súbitos y deslizamientos asociados a las lluvias que efectivamente se produzcan. Las condiciones climáticas nacionales no pueden deducirse únicamente de la actividad de los huracanes en otras partes del Pacífico.
En la región Pacífica colombiana, el seguimiento meteorológico y oceánico resulta particularmente importante para las comunidades costeras, los pescadores, el transporte marítimo y las poblaciones expuestas a inundaciones o alteraciones del litoral. Sin embargo, cualquier alerta sobre oleaje anormal, tormentas o efectos directos debe sustentarse en los pronósticos oficiales y en las condiciones observadas, no en la simple coincidencia geográfica con la cuenca donde se desarrollan los huracanes.
El episodio internacional también deja una lección para Colombia: la gestión del riesgo no puede limitarse a reaccionar cuando ocurre una catástrofe. La preparación requiere sistemas de alerta temprana, vigilancia constante de las condiciones oceánicas y atmosféricas, planes de contingencia municipales y protocolos que permitan actuar antes de que las emergencias superen la capacidad de respuesta local.
La protección de las fuentes hídricas, el mantenimiento de los acueductos, la prevención de incendios, la adecuación de los sistemas de drenaje y la preparación de las comunidades vulnerables son medidas que pueden reducir los efectos de la variabilidad climática. A ellas deben sumarse campañas de información pública que eviten tanto la subestimación de los riesgos como la difusión de alarmas sin respaldo científico.
El desafío también es económico y social. Los pequeños productores agrícolas, las comunidades rurales con acceso limitado al agua y los hogares que dependen de servicios públicos vulnerables a las sequías pueden soportar una proporción desmedida de los impactos. Por eso, la respuesta institucional debe combinar información meteorológica confiable con inversiones preventivas y medidas de protección para los sectores más expuestos.
La actividad récord de los huracanes en el Pacífico no significa que Colombia vaya a sufrir necesariamente un impacto ciclónico directo. Sí constituye, junto con la evolución confirmada de El Niño, un recordatorio de que los cambios en el sistema climático pueden producir efectos distintos y simultáneos en diferentes regiones.
La prioridad para el país debe ser convertir los pronósticos en decisiones oportunas: ahorrar y administrar el agua, reducir las condiciones que favorecen los incendios, fortalecer la infraestructura y mantener activos los mecanismos de vigilancia y atención de emergencias. En un escenario de calentamiento oceánico y creciente variabilidad climática, la capacidad de anticipación será tan importante como la respuesta desplegada cuando llegue el momento de enfrentar los daños.






